Afganistan como manifestación del declive de los Estados Unidos

La caída de Kabul ha exteriorizado la caída del régimen impuesto por Estados Unidos en Afganistán y, de nuevo, nos encontraremos ante una situación similar a la vivida en la antigua Saigón tras la derrota americana ante el Vietcong. 

Una situación que es comparable en cuanto al impacto en la opinión pública norteamericana, que no veía bien continuar una aventura como ésta con un alto coste en vidas humanas y un elevado coste económico y que ha provocado los recelos en los militares que se han opuesto a la salida y, en particular, a las condiciones de la misma.

La caída de Kabul es algo más que una derrota militar. No me quiero ni siquiera fijar en el hecho de que la derrota no sólo es de los Estados Unidos sino también de la OTAN. En virtud del artículo 5 se activó el protocolo de defensa colectiva, lo que permitió disponer de los medios de los restantes miembros de esta organización militar.

No, la cuestión es la tendencia que manifiestan los EE.UU. en los últimos años, con claros síntomas de cansancio en un liderazgo que está tomando la pujante República Popular China.

Dicho claramente, EE.UU. ha huido de Afganistán. Dos grandes potencias han mantenido su legación diplomática para estrechar vínculos con el Gobierno talibán, Rusia (lo que extiende el ámbito de influencia a los países postsoviéticos de la zona) y China. Frente a ello, los americanos cierran su legación diplomática, que pasa a estar ejercida desde Doha, Qatar.

Tres países más están intensificando, en mayor o menor medida, sus relaciones con los talibanes: Pakistán, Irán y Turquía. En una coyuntura geopolítica internacional, supone dejar Afganistán, el Asia central y las rutas comerciales (que pasan por Afganistán) en manos de terceros países. Realmente, aquí no se ve ni táctica ni estrategia sino mera rendición sin pensar en las consecuencias, internas y externas de lo ocurrido.

El argumento de Biden (bastante pobre, por otra parte) es que el acuerdo con los talibanes se lo encontró cuando llegó a la Presidencia. Paradójicamente, el Presidente que negoció el acuerdo fue el infausto Donald Trump, el que llegó a la Presidencia con su hacer más fuerte a América otra vez y que, sin embargo, fue cosechando retrocesos internacionales por su absoluta impericia en la gestión internacional. 

Sus golpes de efecto, como el del Sahara o el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, son más efectistas que otra cosa. Cosas parecidas pueden decirse de lo ocurrido con Corea del Norte o Cuba, más allá del daño hecho con el endurecimiento del embargo a la isla caribeña.

Políticamente no tiene sentido la salida en estas condiciones de Afganistán, al igual que también careció de sentido entrar como entró George W. Bush en aquél ataque de honor herido tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. No ayudar en la construcción del Estado afgano sólo ha llevado a corrupción y a que su ejercito (esos aparentes 300.000 soldados bien armados de los que hablaba Biden) se diluyera como un azucarillo en el café.

Carece de fundamento desistir de disponer de relaciones fluidas con el régimen talibán, aunque sea por mero interés. Pero también por la protección de los civiles e intentar limitar los excesos de la aplicación de la ley árabe. Supone, en definitiva, tirar por la borda el esfuerzo de estos años en aras de no se sabe muy bien qué.

Pero además es lo que representa, al igual que representó la salida de Vietnam y las pocas enseñanzas que se extrajeron de aquella derrota.

Desde un punto de vista político interno, la situación interna ha entrado en un grado de contraposición entre demócratas y republicanos poco clara desde la historia del país. Los sucesos de enero en el capitolio muestran que el paradigma de un modo de entender la democracia está en riesgo, como consecuencia de su pobre desempeño. Las reformas no hechas por Obama están mostrando sus consecuencias y hoy no son el ejemplo que fueron antaño, por mucho que tuvieran grandes carencias en su sistema electoral o con la crisis de su sistema constitucional.

Revertir lo que ha ocurrido en los últimos años no es fácil. Pero es urgente para recuperar el impulso. Las consecuencias son dramáticas. Es, en definitiva, lo que está muy bien y prolijamente explicado en el libro de Levitsky y Ziblatt “Cómo mueren las democracias”.

Desde una perspectiva política, el impulso de la revolución americana ha quedado subsumido en una potenciación del gobierno tecnocrático. Sólo el ala izquierda del Partido Demócrata, articulada sobre los Democrat Socialists of America ha pretendido reabrir cuestiones en donde el Estado no llega. El colapso del Tribunal Supremo y la regresión de derechos que se puede imponer tras los nombramientos de Trump suponen una reducción en la democracia americana.

Al igual que, en su momento se dijera que la falta de respuesta de los Estados Unidos ante la desigualdad y los problemas sociales que hay en su interior . Tanto, que en el interior del país ya se habla de que “we are living in a Failed Sate”. (O también aquí)

La batalla comercial estadounidense, no rectificada, más allá de las duras sanciones a China y, dentro de este país, a Huawei, no dejan de plantear dudas, incluso cuando la fuerza de algunas empresas estadounidenses actúen de correa de transmisión de la posición de la Casa Blanca. Porque durante este tiempo, se ha constituido dos grandes tratados comerciales que involucran a Asia en los que EEUU no es parte. De igual modo, las relaciones comerciales con Europa siguen manteniendo problemas con Biden, equivalentes a los que había con anterioridad y articulados sobre un régimen de sanciones. 

El retroceso que se está manifestando hoy en la escena internacional supone volver al periodo anterior a la primera guerra mundial (en la que EE.UU. entro tarde) o a la segunda, (en donde entró tras el bombardeo japonés de Pearl Harbour). Supone no entender cómo China está desplegando una gran actividad internacional para disponer de materias primas y metales raros (los que hay en Afganistán, por cierto) en el despegue de su estrategia para asentarse como la gran potencia hegemónica. 

Supone no entender tampoco que la durmiente Europa se puede despertar si articula una política industrial adecuada, de la que hoy carece. Borrell reclamaba hace poco la configuración de una fuerza militar europea porque “lo que ha dicho Biden es que EE.UU. ya no quiere hacer las guerras de los demás y la UE ha actuado como una potencia ‘kantiana’, usando los instrumentos de la paz, el Estado de derecho, el comercio”. Dicho de otro modo, plantea incrementar el papel europeo ante el retroceso americano.

La crisis de Afganistán deja otro gran herido, la Organización de las Naciones Unidas. Salvo la resolución de anoche ¿qué papel ha tenido en toda la crisis afgana?

Podcast: La caída del imperio americano