I. LA GUERRA Y SUS FUNCIONES EN LA SOCIEDAD TRADICIONAL DE ESTADOS SOBERANOS

 1. Introducción

 En correspondencia con un fenómeno como el de la guerra, que es una constante en la Historia de la Humanidad, conviene señalar desde el comienzo que también ha sido objeto de una reflexión permanente. Y esta reflexión, además, se ha llevado a cabo desde perspectivas científicas muy diferentes, tal como indiqué con anterioridad.

Desde la Antigüedad clásica, en efecto, el fenómeno de la guerra ha sido objeto de examen por historiadores y filósofos. A los que acompañaron tanto los estudiosos del poder como los juristas. Esta presente, asimismo, desde Vico y Hegel, en las reflexiones sobre la Filosofía de la Historia. Y ha suscitado el interés de muchas otras disciplinas científicas, desde la sociología hasta la psicología, pasando por el pensamiento biológico o el económico. Una actitud de reflexión científica que se ha incrementado considerablemente tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial y sus graves consecuencias. Hasta el punto de que ha dado lugar a una rama especializada del conocimiento científico, ya se la denomine “Polemología “ como ha propuesto Gaston Boutul o, desde su antítesis, “Investigación de la Paz “.

2. En los estudios sobre la guerra, las actitudes generales ante este fenómeno son muy distintas. En sus grandes líneas, en el pasado se ha considerado, en primer lugar, que la guerra es deseable (pues se ha dicho que sirve al progreso moral, al progreso cívico y al progreso técnico). En segundo término, que es un fenómeno sólo explicable, pues existen ciertas causas que inevitablemente pueden provocarlo. Y, por último, que constituye un mal que, al igual otros que ha sufrido la Humanidad en el curso de la Historia, como la esclavitud o la dominación colonial de otros pueblos, es algo que bien inevitablemente está llamado a desaparecer o, por el contrario, algo que debe desaparecer por su intrínseca maldad.

 – Ahora bien, un filósofo del Derecho, Norberto Bobbio, en su sugestivo ensayo El problema de la guerra y las vías de la paz, tras indicar estas tres actitudes pone de relieve un dato que hoy caracteriza justamente la reflexión sobre la guerra: que tienen que ser contratadas con un hecho que, a su juicio, constituye un “ cambio histórico” sin precedentes: la posibilidad de una guerra atómica o termonuclear que puede afectar a millones de personas y comprometer la supervivencia de la Humanidad. Una realidad frente a la que han surgido, desde hace décadas, dos opciones posibles: la de confiar en el equilibrio del terror que supone el armamento atómico a gran escala por dos Estados, pensando que por si sólo este equilibrio evita la guerra atómica en atención a sus graves consecuencias o, por el contrario, la de que se puede buscar un proyecto humano para excluirla definitivamente.

 – En su análisis, Norberto Bobbio parte de tres imágenes sugestivas: En primer lugar, la de la mosca en una botella sin tapón, que busca la salida, cuando un observador externo puede ver que la salida existe. La segunda del pez atrapado en la red, que también busca la salida, cuando el observador externo sabe que no existe y que al abrirse la red perecerá. Y, por último, la imagen del laberinto, en la que sabemos que hay una salida, pero al buscarla incurrimos en errores, en pasos adelantes y pasos atrás, porque frecuentemente estamos ante un camino bloqueado. Pues bien, ante la guerra atómica, Norberto Bobbio considera que no estamos ante la primera ni ante la segunda imagen, sino ante la del laberinto y el camino bloqueado, pues a su juicio no sólo se ha hecho imposible por sus graves consecuencias, sino que, aun siendo posible, es enteramente injustificada o ilegítima.

 3. Pero dicho esto, debo advertir que en esta primera unidad del Curso no pretendo hablar de las actitudes ante la guerra ni de la guerra atómica, sino de la guerra en general. Pues hasta el momento, la guerra atómica no se ha vuelto a producir desde 1945 en Hiroshima y Nagasaki, mientras que el uso de la fuerza por otros medios, que es la vieja constante de la Humanidad, desgraciadamente permanece, con mayor o menor intensidad.

Por ello, me parece conveniente indicar, en sus grandes líneas, la evolución general de la guerra como fenómeno histórico y las concepciones teóricas dominantes en cada periodo (1). Lo que nos permitirá, en un segundo momento, considerar las causas de la guerra o, más exactamente, como ha puesto de relieve otro filósofo del Derecho Alfonso Ruiz Miguel en su libro La Justicia de la Guerra y de la Paz, las razones que tratan de explicar el fenómeno bélico (2) Y, como último apartado de mi exposición, expondré cuales eran las funciones de la guerra en la sociedad internacional tradicional de Estados soberanos (3).

En este esquema deliberadamente he excluido un tema que de ordinario suele tratarse tras el segundo que he indicado: las medidas para evitar la guerra, ya se ponga el acento en los medios para llevarla a cabo, las armas, lo que conduce a la idea del desarme general; bien en la institución que la hace realidad, el Estado, lo que lleva a defender su superación por una Organización internacional dotada de fuertes poderes, o, finalmente, en los hombres, lo que conduce al pacifismo y las acciones en favor de la paz, de un lado, de otro a una nueva función de la diplomacia, la de “ gestionar “ las crisis y los conflictos.  

2. Primer punto: La evolución de la guerra y las concepciones teóricas dominantes sobre la evolución de la guerra

l. La propia evolución de la guerra a lo largo de la Historia ha condicionado, en gran medida, las concepciones teóricas de este fenómeno en cada periodo. Por lo que es procedente exponer las segundas a partir de esta perspectiva general. A a cuyo fin interesa poner de relieve, como datos de índole general más relevantes, los siguientes.

 2. En lo que respecta, en primer lugar, a nuestro conocimiento de la guerra en las sociedades prehistóricas, este indudablemente es escaso. Aunque sabemos, por otros datos históricos, que los grupos tribales o las comunidades participantes tenían unos componentes reducidos, que las armas utilizadas eran muy limitadas en su eficacia y, por tanto, también limitados los daños. Y, por último, que para emprender la guerra era necesaria la práctica de ciertos ritos religiosos.

En cuanto a los fines de la guerra, se han sugerido dos bien definidos: de un lado, el de satisfacer las necesidadesdel grupo social, en particular respecto al espacio y los recursos, frente a otros grupos. De otro, la de preservar la existencia del propio grupo frente a los ataques de otros grupos. Lo que implica en ambos casos que la guerra potencia tanto la identidad del grupo o comunidad como la solidaridad entre sus componentes, un dato que ha pervivido a lo largo de la Historia. Como se evidencia, por ejemplo, en un gran historiador árabe de origen andalusí del siglo XIV, Ibn Jaldun, que alude a la asabiya como conciencia de un grupo social para explicar la decadencia de los Reinos árabes en España, afirmando que sólo el sentimiento de pertener a un grupo social determinado hace posible que sus componentes lo defiendan o traten de dominar a otros grupos

  3. En segundo término, con las primeras ciudades y civilizaciones de la Antigüedad se registra, de una parte, la aparición de los combatientes profesionales y los ejércitos, cuyo número respecto al resto de la población crece considerablemente. De otra, la presencia de armas de combate más desarrolladas y una mejor organización militar. Aunque cabe observar, en contrapartida, que la guerra, de ordinario, se llevaba a cabo en un espacio y en un tiempo limitados, incluso en determinadas estaciones del año; lo que acentuaba la diferencia con los periodos de paz.

 Por último, en relación con los fines de la guerra en este periodo, estos son, en esencia, el despliegue del poder o la ruptura de un equilibrio entre dos poderes, como pusiera de relieve Tucídides respecto a las guerras del Peloponeso. Lo que tambien se ha expresado como la conquista de territorios y la dominación de sus poblaciones, junto a la gloria que corresponde a los vencedores. Unos fines que encontramos en la historia de Polibio sobre el periodo comprendido entre la II Guerra Púnica y la sumisión de Grecia a Roma, al afirmar que “ Ningun hombre de entendimiento emprende una guerra por el sólo fin de triunfar de sus contrarios, ni surca los mares sólo por pasar de una parte a otra, ni aprende las ciencias y las artes sólo por saberlas. Todos se mueven en sus operaciones o por la gloria o por la utilidad que en tales operaciones encuentran”(III,1)

  4. En la Edad Media y en la Modernidad esta situación general no se modifica sensiblemente, aunque al menos dos aspectos particulares merecen ser tenidos en cuenta.

 – En primer lugar, que al ser la guerra un estado por asi decir normal de las comunidades políticas, incide en la misma estructuración social, pues en la Edad Media se piensa que en la sociedad hay tres grupos humanos diferenciados: los bellatores, los oratores y los laboratores. Siendo el primer grupo el que da lugar a una clase social privilegiada, la nobleza, que es precisamente la que aporta los combatientes cuando el Rey los reclama, las “lanzas”, y la que recibe, tras la conquista de un territorio, bienes y posesiones otorgadas por el propio Monarca.

 – De otra parte, la Europa medieval es la Respublica Christiana, unida en su fe. Y este dato provoca, de un lado, que en el pensamiento de esta época domine la idea de que frente a los infieles (el Islam y los paganos) sólo cabe un estado posible, el de guerra, prohibiéndose los pactos con los infieles (el impius foedus) De otro lado, que se estime legítima la conquista por los Reyes cristianos de los territorios de los infieles. Unas ideas que llegan hasta el Concilio de Constanza de 1492, cuando se debate la conducta del Rey de Polonia, y que estan presentes en la doctrina española sobre la conquista de América y la noción de la “guerra justa “.

  – En la Modernidad, el desarrollo tecnológico en cuanto a los explosivos y los metales, entraña un cambio importante en la técnica de la guerra y, paralelamente, un incremento en su intensidad. De otra parte, el poder real se hace más fuerte frente a la nobleza, que acaba convirtiéndose en palatina. Y, de este modo, es el Rey el que forma ejércitos ocasionales para una guerra, siempre difíciles de financiar, aunque raramente sobrepasen las 20 mil/30 mil personas en el siglo XVI. Aunque esta cifra se dobla en el siglo XVII y se triplica en el XVIII.

  – Ahora bien, aunque Europa vive un conjunto de conflictos importantes por motivos religiosos en los siglos XVI y XVII, son los intereses del Soberano en detentar un mayor poder y riqueza los que de ordinario determinan las guerras, aunque estas sean limitadas en sus objetivos y en su alcance. De suerte que la guerra se concibe como un instrumento más de la política nacional, al servicio de objetivos limitados. Y se registra un cierto caracter cíclico de la guerra, puesto que el fenómeno reaparece en Europa cada 50 años de promedio.

  – De otra parte, si los descubrimientos geográficos de la Modernidad acercaron a los europeos a otros continentes, la guerra ocupó un lugar destacado en las relaciones con otros pueblos, pues de ordinario abrió el camino a la conquista y la dominación colonial de Europa en América, Asia y África. Un fenómeno que se extiende del siglo XVI al XIX y que nos aporta una nueva dimensión de la guerra y unos nuevos fines. Pues si en el siglo XIX se pensaba que la Humanidad estaba dividida en “ civilizados, bárbaros y salvajes “,ya no se trata de la guerra entre los primeros, sino entre los “civilizados “ y el resto del mundo, con la finalidad, ciertamente aparente, de aportar a los bárbaros y salvajes los beneficios de la “ civilización “.

  5. Sin embargo, tanto el desarrollo como la concepción de la guerra se modifican radicalmente con la Revolución francesa y durante el periodo napoleónico. En efecto, los fines de la guerra se asocian a los de la revolución, para lograr su extensión en Europa. Y el nuevo componente político del Estado que surge de la Revolución, la Nación como conjunto de ciudadanos, penetra en la guerra mediante la aparición de la conscripción o el servicio militar obligatorio y el deber del ciudadano de defender la Nación.

 Se trata, segun una expresión conocida de “ la Nación en armas”. Lo que incrementa considerablemente el número de combatientes. Pues cabe observar, en efecto, que Napoleon hizo entrar en batalla a unos 200.000 soldados y, en un determinado momento, movilizó a un millon de personas, esto es, un 5% de la población de Francia en aquel momento.

  6. Con el relativo orden y paz de la Europa posterior a Napoleón se vuelve a una concepción de la guerra en la que esta es un instrumento racional de la política exterior, con un alcance limitado. Pues como expresara uno de los teóricos de la guerra en 1832, Carlos von Clausevitz (Vom Kriege), constituye “ un acto de violencia dirigido a obligar a nuestro oponente a que cumpla nuestra voluntad “.

 – La guerra, pues, es concebida como un hecho posible o previsible; y esto provoca un doble resultado. De un lado, que sea necesario el servicio militar obligatorio, que alcanza un promedio del 5% del total de la población pese al incremento de ésta a lo largo del siglo XIX en toda Europa. De otro, provoca un creciente incremento de los gastos militares, que llegan a constituir como promedio un tercio del total de gastos del Estado. Y las cifras de ciertos paises son elocuentes, pues si en Alemania eran de unos 11 millones de libras esterlinas en 1870, pasan a cerca de 29 millones en 1880 y a 110 millones en 1914.

   – Sin embargo, y partiendo de esta concepción, desde mediados de siglo se registra un movimiento que tiende a someter la guerra a una reglas jurídicas y humanitarias. Movimiento del que son exponentes destacados Francis Lieber, que en 1863 redacta la General Order num.100 del Presidente Lincoln en la Guerra Civil Americana; Henri Dunant, que impulsa la creación de la Cruz Roja y el primer convenio de derecho bélico, sobre heridos en la guerra, firmado en Ginebra en 1864. Y, por último, las Conferencias de la Paz de La Haya de 1899 y 1907, en las que se establece la “ declaración de guerra” como acto formal, cuyo eco aun perdura en el artículo 63.3 de nuestra Constitución, y se adoptan varios convenios regulando el uso de la fuerza en la guerra terrestre y marítima, asi como la neutralidad.

  7. La concepción tradicional de la guerra, sin embargo, se modifica radicalmente con el conflicto de 1914-1918. Pues de la guerra como un instrumento de la politica exterior con alcance limitado se pasa, en efecto, a la guerra “ total “. Una expresión que parece justificada puesto que:

  – Los Estados Mayores de los beligerantes, segun la concepción tradicional, habian previsto una guerra breve y limitada, para lo que era esencial una mobilización muy amplia y un rápido desplazamiento de los efectivos al frente al comienzo de las hostilidades. Lo que efectivamente se produjo. Pero las victorias esperadas no llegaron y se estableció un equilibrio de fuerzas, durante cuatro largos años, con un elevado coste de vidas humanas y de recursos.

 -La guerra se extendió a nuevos ámbitos, con la aparición de nuevas armas. Así, en el mar, junto a la guerra en superficie apareció el arma submarina; en tierra, junto a la guerra de trincheras, desconocida hasta entonces, apareció el tanque y, más tarde, los gases, el arma química. Y la guerra, por último, se extiende al aire, con la aviación militar.

  – Tercer dato: no sólo la población masculina sino la población entera de los principales países beligerantes se movilizó al servicio de la guerra. Y al servicio de la guerra se movilizó también la economía nacional. Lo que se tradujo, de un lado, en la adopción de medidas de intervención económica en diversos sectores de la industria y, de otro, en un aumento de los impuestos y una búsqueda de recursos financieros para hacer frente a los gastos crecientes, con el resultado final de una economía inflacionaria. Lo que puede apreciarse con sólo dos ejemplos :

 – Las previsiones del Estado Mayor francés de municiones para el fusil de 75 milímetros eran de 13 mil cartuchos por día en 1913. En septiembre de 1914, se solicitaron 50 mil, a lo que les llegó a mediados de 1915, cuando ya las necesidades eran de 80 mil al día; y de ahí se pasó a 150 mil al dia. De suerte que de los 50 mil obreros previstos para las fabricas de municiones se llegó a 1,6 millones de personas al final de la guerra. Y ello obligó al uso de mano de obra femenina y a un trasvase de personas de la agricultura a la industria.

– La guerra siempre se había financiado mediante “contribuciones especiales”, pero nunca en la proporción que alcanzó en 1914-18. Pues en Inglaterra, por ejemplo, los impuestos directos eran 94 millones en 1913-14, de los que se pasa a 594 millones en 1917-18 y a 721 en 1919- 20. Y junto al amplio empleo del papel moneda, el resultado fue que la libra esterlina perdió un tercio del valor que tenia en 1913.

  8. Pues bien, sin insistir en más datos históricos ¿ cual es la situación desde entonces, cuando la Segunda Guerra Mundial ha incrementado el carácter “total” de la guerra y han aparecido, primero el arma atómica, luego los misiles y las armas electrónicas y es posible el arma química y bacteriológica ?. La respuesta, aunque parezca elusiva, sería la siguiente: que no hay una respuesta única, pues depende de la naturaleza y alcance del conflicto bélico de que se trate:

– En efecto, han seguido existiendo conflictos “limitados” entre Estados, en los que la guerra aun es instrumento de la política exterior, como en el pasado. Por ejemplo, los conflictos entre India y Pakistán, o la guerra entre Irak e Irán o, en Centroamérica, la breve guerra entre El Salvador y Honduras.

– También son limitados en principio los “conflictos internos” dentro de un Estado, aun cuando inevitablemente extiendan su alcance y provoquen, en mayor o menor medida, la intervención de terceros. El caso de la disolución de la antigua R.F. de Yugoslavia es al respecto significativo, al igual que el conflicto de Afghanistan y de varios en Africa (Somalia, Liberia, por ejemplo). Y del mismo modo pueden considerarse que han sido “limitados “ los conflictos surgidos de la descolonización, aun cuando posean componentes específicos.

–  En cambio, cuando pensamos en un conflicto entre los Estados que detentan el arma atómica, algo posible en el periodo de confrontación de los dos bloques del periodo 1950- 1990, estamos ante un conflicto “total “ pero desde una nueva perspectiva, no presente en la I y II Guerra Mundial: sus posibles efectos destructivos sobre la Humanidad en su conjunto. Lo que hace que el uso de la fuerza constituya un riesgo de proporciones incalculables y, en buena medida, elimine o modifique uno de los elementos básicos de la guerra: la posibilidad de vencedores y vencidos. De suerte que el objetivo inmediato sólo puede ser una “ paridad “ del poder nuclear; y el más lejano la esperanza de una progresiva eliminación del arma atómica.

 3. Segundo punto: las causas determinantes de la guerra

  1. Expuesta así, en sus rasgos generales, la evolución de la guerra y las concepciones teóricas dominantes en cada periodo histórico, paso al segundo punto, el examen de las “ causas de la guerra “. Respecto a lo debe ser tenidas en cuenta, desde el comienzo, dos extremos:

– En primer lugar, una observación de Tucídides que sigue conservando plena vigencia: que es conveniente separar los “ motivos “ o razones alegadas por un Estado para iniciar un conflicto con otro (por ejemplo, el incumplimiento de lo prometido en un tratado, lo injusto de su comportamiento para nuestros nacionales), de lo que constituyen las “causas reales “ de la guerra, que para el historiador griego no era otra cosa que la lucha por el poder político entre las ciudades griegas.

– En segundo término, que el examen de las causas que realmente determinan una guerra nos situa, en principio, ante dos grupos de factores muy distintos: de un lado, los factores innatos, biológicos y psicológicos y, de otro lado, los factores vinculados con ideas, relaciones e instituciones sociales. Esto es, las causas que ponen el acento en la naturaleza del hombre, con independencia de las formas de organización social que ha creado y las que, por el contrario, hacen pesar decisivamente estas formas de organización, al margen de la naturaleza humana.

 a) Los factores innatos

  l. La primera explicación dentro del primer grupo es la que ofrecen la Etologia, los estudios del comportamiento animal en si mismo considerado y en relación con el comportamiento humano, entre los que un lugar de honor corresponde a Konrad Lorenz. Aunque sus conclusiones, conviene advertirlo, han sido cuestionadas por otros científicos, para quienes aun siendo real la semejanza entre conducta animal y conducta humana, no es totalmente decisiva, pues el instinto animal es constante y en la especie humana existe una mayor adaptación a las circunstancias.

– El punto de partida de esta explicación causal es el dato común a animales y seres humanos de una conducta agresiva, conducta que puede llevar a la lucha, ya sea por la posesión de un bien o para excluir a un extraño de su disfrute, bien por el sentimiento de hostilidad a los ajenos al grupo. Pues a juicio de Konrad Lorenz “ La sociedad humana está constituida de modo semejante a la de las ratas, pues sus componentes son sociables y apacibles dentro del grupo, pero verdaderos demonios para los extraños “. Aunque los críticos ponen de relieve que no siempre la lucha es real en los animales, pues en la mayor parte de los casos queda en simple amenaza, como la del perro que se limita a enseñar los dientes.

– En particular, la Etologia ha puesto de relieve dos situaciones en las que se produce un comportamiento agresivo. La primera es la de una superpoblación de una especie animal dentro de un área determinada; la segunda, la del llamado “ imperativo territorial”, esto es, el hecho de que los animales marquen un territorio, aquel donde obtienen su alimento, como suyo y, hecho esto, se opongan a la entrada en el territorio de un extraño.

– Ambas situaciones, en verdad, son atractivas como hipótesis. Pero proyectada la semejanza del comportamiento sobre comunidades humanas muy amplias, como es el caso del Estado, la explicación ofrece ciertas dudas. Por ejemplo, sólo sería aplicable al Estado en cuanto “corporación de sedentarios”, según la expresión de Hauriou, cuando en realidad existen percepciones humanas del territorio muy distintas. Como es el caso, de un lado, de los habitantes de un grupo de islas, para quienes el verdadero espacio es el mar. De otro lado, los nómadas, para quienes el desierto es un “espacio que no se posee sino que se recorre “, en determinadas rutas que obedecen a las estaciones y a los cambios de clima y donde sólo hay unos puntos de importancia, como los pozos de agua.

– Pero hecha esta reserva, es indudable que el territorio del Estado ha adquirido, segun ha sostenido Miguel Herero de Miñón, el valor de un “ símbolo “. Y, de ahí, que una de las causas más frecuente de la guerra haya sido y sigan siendo los conflictos entre dos Estados por un determinado territorio, aunque este sea de una extensión reducida. Por ejemplo, por citar sólo un caso, el conflicto entre Chile y Argentina por la “ Laguna del Desierto “ que pudo desembocar en una guerra; cuando sólo se trata de un valle en los Andes que no fue explorado hasta 1935 y que, comparado con la extensión de la frontera entre Argentina y Chile, resulta en verdad casi imperceptible. Pero aun siendo pequeño, el territorio en disputa puede convertirse en “ símbolo “ y, en tal caso, se cumple una vieja Ley que se ha expresado en los siguientes términos “ Poco importa que una epidemia haga perder a un país un millón de habitantes, pero si pierde una parte, aun pequeña, de su territorio, ello supone una crisis de identidad de consecuencias incalculables para ese país”.

  2. La segunda explicación a partir de factores innatos es la que ofrece tanto la Sociología de signo darwiniano como la Psicología. Aunque las explicaciones, sorprendentemente, se bifurcan de inmediato, a saber:

– Para ciertos autores, la causa radica en una innata agresividad del hombre. Lo que se explica desde Freud y Young vinculando dos componentes, el miedo y la agresión, de suerte que el primero es el causante de la segunda. Y para sociólogos darwinistas como William Graham Summer, desde el grupo social, considerando que la hostilidad a otros grupos sociales fundamenta la cohesión del propio grupo.

-Para otros, en cambio, se trata de un problema de psicología social, que puede derivar de un desajuste o complejo, como es el caso del desencuentro histórico entre dos comunidades que perdura en el tiempo (la percepción del “otro” como el “enemigo tradicional), o bien de falsos estereotipos de animosidad que los lideres de una y otra comunidad han fomentado o mantenido.

-Y en esta misma dirección se subraya, en tercer lugar, la influencia que sobre la opinión pública pueden ejercer los medios de comunicación en situaciones de tensión y crisis.

 Los factores psicológicos como causa de la guerra no pueden ser minusvalorados, ya se trate de la psicología individual de un Jefe de Estado como Adolfo Hitler, del odio tradicional entre dos pueblos (los serbios y los albaneses, por ejemplo, que hacen constante referencia a la victoria de Scanderberg, hace ya cinco siglos) o de la incidencia de los medios en la opinión pública (como fue el caso, por ejemplo, de la campaña de prensa de Randolf Hearst antes de la Guerra de Cuba del 98 entre España y Estados Unidos, entre otros muchos ejemplos). Ni tampoco cabe minusvalorar la tendencia a la agresividad del hombre en situaciones de tensión, como cabe apreciar a diario.

 Sin embargo, tanto si nos situamos ante la psicología individual como ante la colectiva, una explicación meramente psicológica de la guerra no es concluyente. Y la razón fundamental es que, aun admitiendo la agresividad como algo innato, esta es posible pero no necesaria; es decir, que el ser humano, ante unas mismas circunstancias, puede reaccionar de forma muy distinta en atención a otros factores. Al igual que reacciona de forma muy distinta en distintos contextos sociales. Lo que nos conduce al segundo grupo de causas de la guerra.

 b) Los factores vinculados con las ideas, las relaciones o las instituciones

 1. En primer término, un sector de los estudiosos ha sostenido que una ideología presente con fuerza en Europa desde mediados del siglo XIX, el nacionalismo, es la causa determinante de la guerra. Pues tanto su presupuesto, la plena identificación y lealtad de la persona con la Nación a la que pertenece, como en particular su el objetivo último, el conseguir que la Nación se convierta en Estado, entrañan un riesgo inevitable de guerra. Y al respecto se han puesto de relieve dos extremos:

 – El primero es que el nacionalismo, por si mismo, puede conducir a la guerra, señalándose al respecto que si existe una minoría nacional dentro de un Estado, esta situación puede llevar a ese Estado, desde otra opción nacionalista, a tratar de asimilar o suprimir a dicho colectivo minoritario. Lo que, sin duda, puede provocar un conflicto. Y otro tanto puede ocurrir en la situación inversa, esto es, cuando el grupo nacional minoritario pretende, por la fuerza, separarse del Estado o unirse a otro Estado del que forma parte como Nación, o cuando trata de formar un Estado uniendo a los componentes de una Nación divididos por las fronteras de dos o más Estados. En cuyo caso el conflicto adquiere un carácter internacional.

 – Y se señala, también, que si el nacionalismo es un sentimiento influyente en un Estado puede hacer que, en una situación de crisis, las posibilidades de acuerdo con otro Estado sean menores, pues sólo se considerará aceptable aquello que no afecte al “interés nacional. “ Al igual que puede llevar, una vez iniciada una guerra, tanto a acrecentar su intensidad como a prolongar su duración.

 Ahora bien, frente a la primera de las tesis anteriores, la que asocia al nacionalismo con el origen de la guerra, cabe hacer varias reflexiones críticas.

– En primer lugar, que los supuestos que antes se han indicado poseen un alcance limitado y, por tanto, es evidente que no siempre puede imputarse al nacionalismo que sea la causa de la guerra entre dos Estados. Si se quiere, dicho en otros términos, que el fenómeno de la guerra es más amplio y no se agota en el nacionalismo.

– En segundo término, aun si nos circunscribimos a tales supuestos cabe apreciar que, en ciertos casos, la conclusión puede ser correcta (pues basta recordar algunos conflictos recientes en el Cáucaso o en Yugoslavia), pero sólo si parte de otras premisas:

– En primer lugar, que se nieguen los derechos del grupo Nacional dentro del Estado o se trate de suprimirlo como tal grupo; lo que tampoco ocurre en todos los casos, pues frente a lo ocurrido en la Yugoslavia de Milosevic la realidad es que hay muchos otros Estados “ multinacionales “ en los que no existen conflictos o estos se solucionan mediante la negociación.

– Y, en segundo término, respecto a los restantes supuestos, la premisa es que el nacionalismo necesariamente busque la independencia mediante la lucha armada, lo que no siempre es el caso ni tiene que serlo (como se evidencia en los referenda de Quebec o en los acuerdos sobre Irlanda del Norte)

  2. Una segunda posición es la que vincula la guerra con su protagonista, el Estado. Aunque la causa no radica tanto en que el Estado sea desde la Modernidad el detentador del monopolio del poder, lo que es un hecho a tener presente, sino en las ideas dominantes sobre la sociedad estatal y las relaciones entre Estados. Lo que conduce a dos análisis distintos de la guerra desde dos ideologías, la del liberalismo y la del socialismo.

 A) Para el pensamiento liberal hay dos presupuestos generales que excluyen o minimizan la guerra. En primer lugar, la existencia de una sociedad democrática, de manera que la guerra ya no pueda ser la decisión personal de un autócrata pues el poder está sometido al control de los representantes del pueblo y al peso de la opinión pública, como defendiera Emmanuel Kant en su “ Ensayo sobre la paz perpetua” y Thomas Paine en América. En segundo término, la existencia de una sociedad cuyo centro es libre el intercambio de bienes en el mercado; lo que hace que el interés de todos no sea el conflicto con otros Estados sino la cooperación económica. De suerte que el comercio se convierte, en buena medida, en un sustituto racional de la guerra.

– Ahora bien, respecto al primero de estos presupuestos del pensamiento liberal cabe admitir que la existencia de un sistema democrático reduce la posibilidad la guerra como decisión personal de un autócrata. Lo que explica las clausulas de las Constituciones en las que la declaración de guerra requiere una autorización del Parlamento, como es el caso del artículo 63.3 C.E. Pero la existencia de un sistema democrático, por si sólo, no excluye la guerra, pues cabe observar que frente a un conflicto con otro Estado ni los gobernantes ni los representantes populares se apartan sensiblemente de las convicciones que refleja la opinión pública y esta, como refleja la Historia, ha empujado frecuentemente a la guerra.

-Ni tampoco el segundo presupuesto es concluyente. Pues basta observar, de un lado, que ha existido una cierta economía mercantilista basada en la guerra como fuente de riquezas. De otro, que la libertad de comercio, ciertamente, crea intereses comunes. Pero no es menos cierto que el mercado mundial refleja no sólo la presencia de unos actores más poderosos que otros, lo que genera peligrosos desequilibrios; pues también genera rivalidades y conflictos que, pese a ser en principio puramente comerciales, pueden encerrar un fuerte componente político. Algo que ya puso de relieve Jean-Baptiste Colbert, el famoso ministro de Luis XIV, en el siglo XVII: “El comercio motiva un combate perpetuo, en la paz y en la guerra, entre las Naciones de Europa, con el fin de ver quien sale beneficiada con la mejor parte”. “El comercio es una guerra perpetua y pacífica entre todas las Naciones “.

-Por último, cabe indicar que en el pensamiento liberal la concepción de la sociedad como una sociedad autorregulada y con un mínimo de intervención del Estado se ha proyectado, desgraciadamente, sobre la sociedad internacional. Excluyendo asi la existencia de un Organización internacional dotada de fuertes poderes sobre los Estados. Y, en su lugar, se ha defendido el arreglo pacífico de controversias y la humanización de la guerra, como ocurriera a finales del siglo XIX, si bien esta actitud se modifica sensiblemente tras las dos guerras mundiales.

 B) Para el pensamiento socialista y comunista la guerra no es consecuencia de las actitudes de los Estados, sino de la estructura económica y social dominante en el periodo del capitalismo, cuya expresión es la propiedad privada y la lucha de clases. Y en correspondencia con la utilización del Estado en interes exclusivo de la clase dominante, las relaciones internacionales tambien reflejan esos intereses, que pueden lleva a la guerra por el control de los mercados, de las materias primas o de la fuerza de trabajo barata. De suerte que el único medio para evitar la guerra es la sustitución del capitalismo por el socialismo, proceso en cuya fase final se registra, al mismo tiempo, la abolición del Estado, que queda relegado como la rueca al museo de la Historia.

– Este es, en esencia, el pensamiento clásico de Karl Marx y Friedrich Engels, en el que existen, además, unos factores adicionales susceptibles de evitar la guerra: entre ellos, un fuerte componente pacifista de la clase obrera junto al internacionalismo proletario como factor de solidaridad entre los pueblos. Pero estos factores entraron en crisis en 1914, cuando los partidos socialistas europeos se enfrentaron con el dilema de apoyar o no los créditos para la guerra y, en general, optaron por la defensa de los intereses del propio país y el apoyo al esfuerzo de guerra.

– Posteriormente, con la aparición de la URSS el pensamiento comunista elabora una concepción de la guerra más compleja, en la que se distinguen tres tipos esenciales: guerras entre Estados capitalistas, guerras entre Estados capitalistas y socialistas y guerras de emancipación colonial. Las primeras, son el resultado de la rivalidad económica y, a juicio de los teóricos comunistas serían las más frecuentes; las segundas, se consideran una expresión más de la lucha de clases en el ámbito internacional; y las terceras, una realidad de futuro que, como las primeras, debilitarían el campo de los Estados capitalistas.

 Ahora bien, el análisis marxista y estos tres tipos de guerras no es concluyente. En primer lugar, excluye radicalmente la guerra entre Estados socialistas, pero la antigua URSS y China a finales de los 60 y comienzos de los 70 estuvieron al borde de la guerra por un conflicto territorial; y aun cuando las intervenciones en Hungría en 1956 o en Checoeslovaquia en 1968 se hicieron bajo la doctrina Breznev del “internacionalismo” y la “solidaridad proletaria”, no sólo revelaron las divisiones dentro del campo socialista sino una fuerte distorsión de esas ideas, al servicio de la confrontación USA-URSS de aquella época. En segundo término, el análisis soslaya un factor importante en la participación de la URSS en la II Guerra Mundial, como fue el sentimiento nacionalista que hizo que fuera considerada como “ la guerra patria”. Y, por último, las guerras entre Estados capitalistas no han sido tan frecuentes como esperaban los teóricos comunistas. De suerte que su único acierto quizás haya sido la categoría de las “guerras de liberación colonial”, que se acrecientan a partir de 1945, aunque no en sus causas, pues en ellas también intervienen otros factores.

  3. Es hora ya de cerrar este examen general de las causas de la guerra, pero antes es obligado hacer referencia a otra perspectiva: la que no considera al Estado como un todo indiferenciado, sino que pone el énfasis en el papel que juegan, dentro del Estado, determinados grupos de intereses, que operan en favor del poder militar.

 – En primer lugar, obvio es, los propios militares. En el pasado, ya se ha dicho, fueron los guerreros, los bellatores, quienes buscaban la gloria y la riqueza del botín, en alianza frecuente con la Iglesia y su finalidad evangelizadora. Y aun cuando en la actualidad lo militar y lo civil se han diferenciado y la decisión sobre la guerra corresponde a los políticos, sin embargo, se ha sostenido que esta diferenciación es sólo aparente. Los militares, ciertamente, pueden evitar que se produzca un conflicto armado, pues conocen cual es la relación de fuerzas en un momento dado y, de ese modo, pueden influir positivamente en los políticos. Pero también pueden apoyar decisivamente las aspiraciones de estos, haciendo que la guerra sea inevitable , y la Historia nos muestra que los Estados Mayores, al elaborar un “plan de guerra “ o de “objetivos estratégicos “ e individualizar los agresores potenciales, han llegado a provocar un conflicto o extender la guerra a un Estado neutral. Como es el caso, por ejemplo, para la guerra de 1914, del “Plan Schlieffen” adoptado por Estado Mayor alemán frente a Francia y Rusia, que implicaba el paso por Bélgica, país neutral, para poder envolver el flanco norte del ejército francés. Y, por último, los militares pueden ir más allá, pensando que la victoria en una guerra les dará una indudable popularidad y les permitirá satisfacer sus propios objetivos políticos, de lo que tampoco faltan casos en la Historia.

– Al igual que se sostiene, desde otra perspectiva, que la alianza del pasado a la que antes aludí ha sido sustituida por otra, la alianza de los militares con ciertos grupos económicos, estos interesados en la llamada “ industria de la guerra” como fuente de beneficios, aquellos, los militares, en la posesión de nuevas armas que puedan dar una ventaja relativa frente al enemigo potencial.

 Y dado que el saber científico y tecnológico es un elemento indispensable para la industria de la guerra, a esta nueva alianza se han unido, sorprendentemente, los científicos. No en general, ciertamente, pues la mayoría son conscientes de los peligros para la humanidad que entrañan las armas de destrucción en masa y son, por lo general, pacifistas, pero si en el caso de ciertos grupos que, por ejemplo, investigan sobre la energía nuclear, la utilización del espacio exterior y las armas químicas y biológicas. Pues al estar asociada su labor a los objetivos de la defensa nacional y recibir subvenciones y ayuda económica de los militares, llegan a comparten los objetivos de éstos, quedando sometidos en gran medida a su control.

 c) ¿Cuál es o cuales son, en definitiva, las causas de la guerra ?

 1. Hasta aquí, la exposición de las causas de la guerra, desde distintas perspectivas de análisis. Pero tras indicarlas, pienso que al menos dos preguntas quedan sin respuesta, a saber :

 – ¿Cabe hablar en general de una sola causa de la guerra y, en tal caso cual es, la innata tendencia a la violencia del ser humano o el complejo militar-industrial-científico ? ¿ O es posible hablar de una causa determinante de la guerra según los distintos periodos históricos ?

  – Si se rechaza lo anterior y se admite un conjunto más o menos amplio de causas de la guerra ¿cuáles son los factores más determinantes, tanto en el pasado como en la actualidad?