Italia en su laboratorio: populismo tecnocrático

Italia está, de nuevo, en su laboratorio. Un laboratorio que, en el pasado, ha sido muy fructífero a la hora de diseñar estrategias políticas que limitasen el peso de las ideologías y redujesen los contornos del debate político. Un laboratorio que sirve para dar sentido a aquella frase de Lampedusa “si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”. Todo cambia, todo sigue igual.

Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con la configuración del pentapartito que permitió un gobierno durante muchos años liderado por la Democracia Cristiana, presidido por el Partido Socialista de Bettino Craxi y cuyo objetivo fundamental era evitar que el entonces poderoso PCI pudiera ganar las elecciones y gobernar el país. Eran los tiempos de Giulio Andreotti, el siete veces Primer Ministro al que el asesinato de Mattarella descubrió las conexiones con la Mafia Siciliana.

Fue también el laboratorio italiano el que dio paso al primer gran gobierno populista de derechas, el de Silvio Berlusconi. En aquel momento, pese a que la izquierda todavía tenía peso considerable (con los herederos líquidos del PCI, cuya denominación exterioriza el cambio, el olivo, Partido Democrático de Izquierda, Partido Democrático), la resistencia que puso D’Alema frente al empuje del dueño del AC Milan fue meramente simbólica. De ahí vienen parte de los lodos actuales.

Fue también el laboratorio italiano el que buscó una salida tecnocrática al caos generado por Berlusconi; una solución que no es desconocida en los tiempos actuales. En aquel momento fue el otro Mario, Mario Monti, el que vino a ocupar una presidencia de un ejecutivo apoyado por todos los partidos y sin haber pasado por las elecciones

Hoy es un paso más en este proceso. Un nuevo pluripartito marca el Gobierno italiano sin otra ideología que la tecnocracia. Agrupa a los herederos de Forza Italia, a la Liga de Salvini, a 5 Stelle de Grillo, al supuesto centro izquierda del Partido Democrático y el centro de Italia Viva, el partido de Renzi, el Rasputín que provocó la caída de Conte. 

Esto es, nos encontramos con una coalición entre la extrema derecha y el centro izquierda; algo que resulta inaceptable democráticamente, sobre todo partiendo de la experiencia italiana con el fascismo. Una conjunción a la que lio único que es une el populismo tecnocrático. 

Posiblemente, pueda parecer una contradicción en sí mismo. Creo que hay un sentimiento de que los partidos deben unirse y hacer lo conveniente para resolver los problemas; como si problemas complejos tuvieran soluciones únicas. De hecho, este Gobierno italiano ya ha chocado antes de la toma de posesión, en un aspecto de la gestión de la pandemia.

Si observamos el perfil de los ministros, observaremos que hay mucho representante de las grandes empresas y un peso cualitativo importante de Comunidad y Liberación. Y, desde luego, es un gobierno que satisface al establishment europeo. Un Gobierno que ha eliminado de un plumazo toda visión izquierdista y que ha laminado a todo antiberlusconista. El sueño de la Democracia Cristiana de los años 70.

Un planteamiento que bebe del pensamiento único y que se ve apoyado por movimientos que no proporcionan alternativa sino soluciones estridentes para ganar popularidad en tiempos de fake news y redes sociales. Un planteamiento que, en definitiva, pone en cuestión el peso de la política y los políticos.

El laboratorio italiano es un síntoma de mala calidad democrática. Podemos recordar las palabras de Jose Ramón Capella, éste es un periodo en el que “cuanto más se enfatizan retóricamente las bondades del sistema representativo más fuerza cobra el gobierno tecnocrático del mundo”. El efecto del impulso tecnocrático se podría sintetizar en el cambio del modelo de legitimación, en la medida en que “busca legitimarse no tanto por la aquiescencia formal del demos cuanto por una eficacia cuyos parámetros autodefine y publicita él mismo”. Y en esto el aura de Draghi es un elemento que da réditos.

Pero ello no quita para que sea un gobierno que deba ser puesto en observación. No es una consecuencia que se extrae las causas de la crisis de gobierno que ha llevado a Draghi al Quirinale. Una crisis que ha sido calificada como un ataque de vanidad aunque creo que hay la distribución del maná europeo es una razón de suficiente entidad para que los que incitaron la caída de Conte lo tuvieran en la cabeza. Sin ser de izquierda, demasiado cerca del centro izquierda. A su lado, la articulación de medidas contra la economía sumergida y la mafia formaba parte de sus inquietudes. 

Ambos elementos debieran formar parte de la preocupación europea con Italia. Y la presencia del neofascismo tampoco le proporciona mayor legitimidad, sino todo lo contrario, en la medida en que afecta a los valores europeos.

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