El conocido libro de Lakoff “No pienses en un elefante” no deja de estar de actualidad. La articulación de los marcos del discurso político es uno de los elementos en los que se obtienen ventajas comparativas con respecto a la posición que se queda fuera de este marco. Un aspecto en el que la derecha tradicionalmente ha jugado con ventaja. 

En efecto, el debate sobre la ley de presupuestos y la subida de impuestos es la última manifestación. Resulta claro que a nadie le gusta pagar impuestos. Pero, al mismo tiempo, sin impuestos no hay posibilidades de hacer gasto público. De hecho, resulta paradójico ver cómo hay grupos económicos que piden al mismo tiempo subvenciones para el sector y rebaja de los impuestos para la actividad. O, por azares del destino, se descubren que sectores económicos están exentos de tributar (la educación privada, sea concertada o totalmente privada) a pesar de que constituye una actividad económica más.

El debate a los ojos de los que tienen el control de los medios de comunicación es claro. Se está detrayendo dinero de los ciudadanos. Se habla a renglón seguido de la libertad del ciudadano y, complementariamente de un peso extraordinario del Estado a pesar de que los datos desmienten totalmente la idea: tenemos un gasto público menor que la media europea y menos empleados públicos que en la media europea. Obviamente, los servicios que se prestan con estos impuestos no cuentan. No se habla del impacto en sanidad ni en educación, ni infraestructuras públicas.

De forma acrítica se puede incluso empezar a hablar de alivio fiscal.

 La izquierda tiene un problema. No ha sido capaces de articular el debate sobre la presión fiscal en los términos adecuados. No recordamos que la Constitución obliga a un sistema fiscal redistributivo -y, reconozcámoslo, la diferencia entre rentas de trabajo y renta de capital casa mal con la redistribución-. No incide en la necesidad de disponer de medios para el pago de servicios que constituyen un nivel de prestación mínimo del Estado social, que recoge el artículo 1.1. de la constitución. No complementa las medidas con otras especialmente útiles como sería disponer de mecanismos de control fiscal efectivo ni con la reconsideración de todos los beneficios fiscales que hacen que la presión media de las grandes empresas baje del 30% al 5%. Se queda en la cosa burda del tipo fiscal a pesar de que constituye un elemento más de la presión.

Es un problema más general. Lo podríamos proyectar sobre el valor de la educación o la sanidad públicas y su reivindicación. Los problemas de comunicación y de dirección del mensaje político durante la pandemia han sido clamorosos y han repercutido en las dificultades de entendimiento de la población y de seguir este mensaje.

No es capaz de liderar el discurso con técnicas argumentativas adecuadas para configurar el marco de referencia. No hay una estrategia de comunicación, adaptado a la sociedad de la comunicación. Esta es la que está mediatizando la política actual. Es la que está dando alas a Vox a pesar de la pobreza de su discurso y la que no permite romper la cercanía del Partido Popular en las encuestas.

Como señala Lakoff en su libro, la izquierda “no puede presentar sus programas como si fueran una mera lista de la compra. Debe ofrecer una alternativa moral más tradicionalmente americana y que represente todo aquello de lo que los americanos están orgullosos”. Este es el reto que debe constituir un aspecto básico de su quehacer político.

 No es sólo el problema de la sobreabundancia de medios de comunicación conservadores. Es el problema de qué y cómo se transmite. Es la cuestión de carecer de think tanks que se dediquen específicamente a ello. Fue el éxito del pensamiento conservador en los años ochenta del siglo pasado, algo que se sigue arrastrando en la actualidad.

El primer paso, como dice Lakoff es cambiar el lenguaje que se usa para el debate político: ““Esto nos proporciona un principio básico del enmarcado para cuando hay que discutir con el adversario: no utilices su lenguaje. Su lenguaje elige un marco, pero no será el marco que tú quieres”. O, como señala más adelante, “el enmarcado tiene que ver con elegir el lenguaje que encaja en tu visión del mundo. Pero no sólo tiene que ver con el lenguaje. Lo primero son las ideas. Y el lenguaje transmite esas ideas, evoca esas ideas.”. No se suben los impuestos, se refuerza una sociedad más justa que no deja a los ciudadanos desamparados.

 Hoy el pensamiento conservador se atrinchera detrás de la bajada de impuestos, de la necesidad de policías, de los sistemas de seguridad privados, de la elección de médico público o privado, del debate entre economía y salud… debates que constituyen un marco de referencia, el neoliberal. Legítimo pero que ofrece una visión del mundo que está vinculado a sus valores.

En este impulso del “Monstruo amable” (sobre el que nos ha ilustrado Simone) es importante tener muy presente la transformación del centro político en la transformación esencial del ciudadano en consumidor, siguiendo lo ya avanzado hace bastantes años por Pasolini. No obstante, desde un punto de vista metodológico, no se debe caer en la tentación de identificar “técnica” con un modelo tecnocrático de solución única, sobre todo cuando nos movemos en los campos de lo que serían las “ciencias sociales”. Por expresarlo claramente, soluciones progresistas y conservadoras requieren “técnica” para llevarlas a la práctica. Desde esta perspectiva, muchas de las soluciones que se están proporcionando tienen un barniz técnico con el que aparecen ante la opinión pública pero que encubren una sustancia ideológica determinada que se diluye entre dichas connotaciones aparentemente asépticas. No es un prejuicio, sino que hay muchas pruebas que lo justifican.

Este planteamiento metodológico que se está aplicando en la actualidad tiene una consecuencia importante: la sustitución del debate político sobre los valores que deben presidir la regulación por la tecnocracia; lo que no es sino otra forma de hacer política, ya que supone el mantenimiento de unos determinados postulados económicos que se consideran inalterables. Es, en definitiva, un planteamiento que parte del fin de las ideologías, del pensamiento único, como aquél que aquél que se sostiene a sí mismo, constituyendo una unidad lógica independiente. Así lo definió Ignacio Ramonet: “traducción en términos ideológicos con pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital internacional”

Tomando las palabras de Capella, éste es un periodo en el que “cuanto más se enfatizan retóricamente las bondades del sistema representativo más fuerza cobra el gobierno tecnocrático del mundo”. Esta idea tiene un sostén ideológico en las líneas de pensamiento que parten del fin de las ideologías, dentro de las cuales Francis Fukuyama es su figura más conocida. El efecto del impulso tecnocrático se podría sintetizar en el cambio del modelo de legitimación, en la medida en que “busca legitimarse no tanto por la aquiescencia formal del demos cuanto por una eficacia cuyos parámetros autodefine y publicita él mismo”.

El silencio, la dificultad de articular un discurso alternativo es el gran reto para la izquierda en los próximos años. Es el reto para que no ocurra lo que pasó en esta conocida escena de Aprile

 

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