Ruth Bader Gingsburg (Brooklyn, Nueva York; 15 de marzo de 1933- Washington D.C., 18 de septiembre de 2020), RBG en los iconos de los últimos años, falleció el 18 de septiembre pasado y ha abierto un nuevo conflicto político-jurídico en los Estados Unidos de América.

RBG estaba considerada como integrante del ala progresista en el Tribunal Supremo. Cuando fue nombrada por Clinton era considerada bastante más centrista. Tenía un bagaje importante en la lucha por la igualdad y este fue el argumento central por el que llegó al Tribunal Supremo. Fue la segunda mujer. Una mujer especial, que padeció lo que padecen las mujeres, machismos. Micro y mega machismos, de estos que padecen las mujeres a diario y contra los que tenemos que luchar todos, especialmente nosotros, que convivimos a diario con ello, viendo lo que ocurre. Contra ellos luchó RBG desde la magistratura.

Era una mujer influyente, pese a las dificultades. “Ella eligió el derecho, sujeta a discriminación en la Facultad de Derecho (de Harvard) y en el mercado laboral por ser mujer, Ruth se convirtió en una defensora principal que luchó contra esa discriminación en la corte. Su voz en el tribunal y en nuestra sala de reuniones era suave. Pero cuando hablaba, la gente escuchaba”, ha señalado el presidente del Tribunal Supremo, John Roberts

Fue, al mismo tiempo, la redactora de uno de los votos particulares contra una de las sentencias más polémicas (y discutibles) del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de los últimos años, Bus v. Gore, cuya consecuencia fue la presidencia de George W. Bush, a pesar de que había dudas más que razonables sobre el cómputo de los votos en el Estado de Florida.

Ser considerada una magistrada progresista ha hecho que Trump, con la delicadeza que le caracteriza, haya considerado que cuanto antes hay que proceder a su sustitución. Hoy ha quedado en el baúl de los recuerdos la imposibilidad que tuvo Obama de proponer un sustituto cuando estaba en el último año del mandato. A Trump le quedan escasamente dos meses antes de las elecciones. Esperemos que no haya un segundo mandato.

Ahora bien, ¿por qué este interés? En Estados Unidos son bastante más honestos que nosotros a la hora de recordar que el Tribunal Supremo hace política. Bueno, posiblemente encontremos en este hecho la razón por la que el Partido Popular no acostumbra a facilitar la sustitución de Magistrados en el Tribunal Constitucional o miembros del Consejo General del Poder Judicial (que nombran Magistrados del Tribunal Supremo, por ejemplo) cuando están en la oposición. Pasó cuando Jose Luis Rodríguez Zapatero era Presidente del Gobierno y pasa ahora con Pedro Sánchez.

En Estados Unidos las cosas no son así. De hecho, es llamativo ver cómo el Presidente Enseinhower consideró que su mayor error fue la designación del presidente del Tribunal Supremo, Warren. Y su segundo mayor error la designación del Juez Brennan. De hecho, en la sentencia Miranda v. Arizona, 1966, se elaboraron con todo detalle y precisión normas sobre cómo la policía debía practicar las detenciones, y el Tribunal dijo de manera literal e inequívoca que estaba creando de la nada una regla de aplicación general.

Además, el hecho de que los Magistrados lo sean hasta que dimitan o fallezcan hace que resulte de especial importancia para los presidentes dejar su rastro en forma de nombramiento. Es la seguridad de que sus políticas se mantendrán. De hecho, cuando se ve el perfil de la favorita para sucederle se aprecia con nitidez los valores que tiene Trump:  Amy Coney Barrett, una magistrada muy de derechas, católica y antiabortista de apenas 48 años; que ya estuvo en las quinielas para suceder a Antolin Scalia.

De hecho, estas corrientes de Magistrados muy conservadores entroncan con las dos corrientes de pensamiento conservador en el tribunal Supremo que quieren retomar la esencial constitucional y legal del momento en que se aprobó la Constitución: son los movimientos originalista -en la interpretación constitucional- y textualista -en la interpretación legislativa- . Y no puede olvidarse que la derechización del Tribunal Supremo de los Estados Unidos es una constante de los últimos años.

Precisamente por ello, tras el fallecimiento de RBG se está agitando la reacción social contra Trump en relación con la designación de su sustituta.  Por coger el caso más cercano en el tiempo, recuerda el intento de designación de Robert Bork por el Presidente Reagan en 1987, estudiado por Miguel Beltrán, que constituye el principal ejemplo de movilización social con ocasión de la designación de un juez del Tribunal Supremo. Los términos del debate entre Bork y Dworkin merecen releer aquellas páginas. Lo ocurrido en la capilla ardiente de RBG augura algo similar, teniendo en cuenta el malestar que hubo hace cuatro años y que Trump se encuentre en su punto más bajo de popularidad.

El problema que plantea la sustitución de RBG deriva de que es previsible que el resultado electoral puede acabar en el Tribunal Supremo ya que Trump ha puesto en duda cualquier resultado que no pase por su reelección. Por coger algo reciente, ha cuestionado el sistema de voto por correo queriendo asfixiar al operador postal público, del Gobierno estadounidense, USPS, negándole los fondos necesarios para asumir la campaña de voto por correo, ya que considera que esta forma de voto favorece a los demócratas. El fantasma de la sentencia Bush vs Gore recorre la elección de sustituto.

Pero también los argumentos con los que Obama no pudo elegir a un nuevo magistrado, por estar en el último año de su mandato. Una realidad similar sustancialmente a la que ocurre ahora… con la agravante de que Biden tiene a fecha de hoy 12 puntos de ventaja sobre Trump. Su nerviosismo hace que algunos de sus partidarios, como Rubio se separen de su planteamiento en este punto. Lo cual no hace sino agravar el debate político (con ramificaciones constitucionales).