Reseña de Irene Vallejo, “El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo

 

1. La vegetación de ribera o de las zonas húmedas que se emplazan al borde del cauce de los ríos constituye, dentro de la flora, un mundo propio. De ella forman parte los juncos, que por ductilidad pueden doblarse, y también las cañas, o al menos algunas de ellas, que crecen más tiesas y por eso cabe que terminen rompiéndose: quebrándose, que dicen en algunos países hermanos de América. Y no hace falta añadir que cuando uno piensa en un río, lo primero que lo viene a la cabeza son el Tigris y el Éufrates o, todo lo más, el Nilo.

En España, la Ley de Aguas no se olvida de lo importante que es la vegetación de ribera. El artículo 42, relativo al Contenido de los planes hidrológicos de cuenca, se refiere a los caudales ecológicos y los define como los que mantienen como mínimo la vida piscícola que de manera natural habitaría o pudiera habitar en el río, así como su vegetación de ribera. Sin eso, mal puede haber río que se precie.

Pero no siempre ni en todas partes ha sido así. La autora relata en páginas 69 y 70 que los primeros libros, los de hace cinco mil años (“en realidad, los antepasados de los libros”), eran “tablillas de arcilla”. En las riberas de los ríos de Mesopotamia no había juncos para el papiro y “escaseaban otros materiales como la piedra, la madera o el papel, pero la arcilla era abundante. Por eso los sumerios empezaron a escribir sobre la tierra que sostenía sus pasos. Conseguían una superficie para escribir modelando pequeñas masas de arcilla de unos veinte centímetros de longitud, con forma rectangular o aplanada, parecidos a nuestras tabletas de siete pulgadas, y desarrollaron un escrito de escritura a base de hendiduras de punzón en la arcilla blanda”.

Pero los tiempos no paran de traer progresos. Se explica en páginas 77 y 78: “El rollo de papiro supuso un fantástico avance en la historia del libro”. Eso explica el hecho de que “los judíos, griegos y romanos lo adoptaron con tanto entusiasmo que llegaron a considerarlo un rasgo cultural propio. En comparación con las tablillas, las hojas de papiro son un material fino, ligero y flexible y, cuando se enrollan, una gran cantidad de texto queda almacenado en muy poco espacio. Un rollo de dimensiones habituales podía contener una tragedia griega completa, un diálogo breve de Platón o un evangelio. Eso representaba un prodigioso adelanto en el esfuerzo por conservar las obras del pensamiento y la imaginación. Los rollos de papiro relegaron a las tablillas a un uso secundario (a las anotaciones, los borradores y los textos perecederos). Eran como esas hojas desechadas de la impresora -a la que llamamos papel sucio– que utilizamos para hacer listas de propósitos que incumpliremos, o se las ofrecemos a los niños para que dibujen”.

En efecto, y según podemos leer en página 188, “la invención de los rollos significó un gran avance en su momento. Eran dispositivos (…) más prácticos que ninguno de sus precedentes. Desde luego, poseían mayor capacidad que las tablillas de barro y eran mucho más transportables que las señales de humo o las inscripciones en bloques de piedra; aún así, no dejaban de ser engorrosos”, porque “se escribía sólo en una de las caras del papiro, por lo que los rollos tendían a convertirse en tiras muy largas, repletas, en el lado utilizable, de columnas de una apretadísima escritura. Para abrirse paso a través de ese abigarrado laberinto de letras, el lector debía ejecutar un violento tejemaneje, enrollando y desenrollando constantemente metros y metros de texto. Además, para rentabilizar al máximo el caro material, los libros estaban escritos sin dejar espacio de separación entre las palabras ni entre las frases, y sin dividirlos en capítulos”.

Más aún, y para decirlo reproduciendo el contenido de las páginas 319 y 320: “Nuestro libro de páginas, que hoy es el libro por definición -ese que dejamos abierto por el lomo como si fuera el tejado de una pagoda, que señalamos doblándoles las esquinas a las hojas a falta de un marcapáginas y amontonamos en pilas verticales como estalagmitas de palabras- ronda los dos mil años de edad. Es un gran invento anónimo que nunca sabremos a quien agradecer. Para lograrlo hicieron falta siglos de búsquedas, ensayos y tanteos. A la solución más simple se llegó, como tantas veces, por un itinerario tortuoso”. Por lo siguiente: “Desde la invención de la escritura, nuestros antepasados miraban alrededor preguntándose qué superficie conservaría mejor la huidiza huella de las letras (piedra, tierra, corteza, juncos, pieles, madera, marfil, tela, metal…). Pretendían desafiar a las fuerzas del olvido fabricando el libro perfecto, transportable, duradero y cómodo. En Próximo Oriente y Europa, los protagonistas de esta temprana etapa fueron los rollos de papiro o pergamino y las tablillas rígidas. Los romanos convivieron con ambos métodos hasta que, en un feliz hallazgo, inventaron un nuevo objeto mestizo que todavía nos acompaña”: fueron precisamente los Códices o conjunto de tablillas atadas. Y en seguida alcanzaron el éxito: “La idea revolucionaria consistió en sustituir las pequeñas placas de madera o metal por hojas flexibles de pergamino o papiro, el material de los rollos”. Pero “ese primer híbrido abrió el camino hacia el códice más avanzado, compuesto por hojas de papiro o piel que se doblaban en forma de pliegos. Los romanos probaron a coser esos pliegos y así nació el arte de encuadernar. Pronto aprendieron a proteger los cuadernillos mediante tapas duras, generalmente de madera forrada con cuero. El cuerpo de los libros desarrolló un nuevo elemento anatómico al que hemos llamado lomo, como si nuestras lecturas fueran tranquilos animales de compañía. Desde entonces escribimos en esos dóciles respaldos el título de cada obra, y nuestra mirada puede viajar con rapidez a lo largo de los estantes de una biblioteca identificando por el lomo los ejemplares que en ella dormitan”.

Y es que de la escritura resulta relevante la presentación, por así decir: “(…) los objetos, su materialidad, sus características, los gestos que llevan aparejados no son mera anécdota. De hecho, son decisivos. En la lucha por hacer sobrevivir las palabras -tan frágiles, meros pedazos de aire-, siempre han jugado un papel crucial el formato y la materia prima de los libros: cuánto duran, de qué materiales están fabricados, cuánto cuestan, cada cuánto tiempo hay que volver a copiarlos”. Y prueba de esa relevancia es que “los cambios de formato dejan en la cuneta enormes cantidades de víctimas”: página 327.

Hay que ver lo que ha dado de sí lo que era sólo un junco.

2. Al libro de Irene Vallejo, que lleva el subtítulo La invención de los libros en el mundo antiguo, le ha acompañado el éxito desde el primer momento, en cantidad -un best seller de los de verdad- y también en la calidad, porque ha gozado de las bendiciones de todos los popes, como en la 7ª edición, de enero de 2020, se recoge en la contraportada.

“Muy bien escrito con páginas realmente admirables; el amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida”: Mario Vargas Llosa.

“Vallejo ha decidido sabiamente liberarse del estilo académico y ha optado por la voz del cuentista, la historia entendida no como ristra de documentos citados, sino como fábula. Así para el lector común y corriente (a quien reivindicaba Virginia Woolf) es más conmovedor y más inmediato este encantador ensayo, por ser simplemente un homenaje al libro de parte de una lectora apasionada”: Alberto Manguel, Babelia, El país.

“Es un deleite leer la prosa de Irene Vallejo, creadora, brillante, plena de sensibilidad”: Luis Landero.

“Se puede ser un filólogo magistral y al mismo tiempo escribir como los ángeles. Irene Vallejo riza el rizo de la comunicación hasta convertir su diálogo con el lector en una fiesta literaria”: Luis Alberto de Cuenca, ABC.

“Los libros de Irene Vallejo, claros e inteligentes, se leen muy bien e invitan a pensar. En la mejor línea humanista”: Carlos García Gual.

Un exitazo, así pues, de crítica -la que enjuicia la calidad- y no sólo de público.

3. El trabajo, luego de un pequeño Prólogo, consta de dos partes: “Grecia imagina el futuro” (páginas 23 a 250) y “Los caminos de Roma” (páginas 251 a 402). Lo cuantitativo vuelve a no resultar casual: puesta en la tesitura, a la autora le gusta más Grecia que Roma. De esta última predica lo siguiente en página 267: “Los imperios jóvenes, sencillamente, lo quieren todo. Aspiran a la pujanza militar, al poder económico y, también, a los esplendores del viejo mundo. Con ese afán los Escipiones trasplantaron la biblioteca real de Macedonia a Roma y, al calor de aquellos valiosos libros, atrajeron a un círculo de escritores griegos y latinos. Por la fuerza de las armas y del dinero, estaban intentando desplazar los centros de gravedad de la creación literaria. Ha sucedido muchas veces: la política redibuja los mapas culturales”.

Grecia había sido otra cosa. Y más aún la gran Biblioteca de Alejandría, donde se hallaba reunido todo el saber. Es ella (y la propia ciudad fundada por el Magno: una de sus muchas creaciones en sus apenas 32 años de vida, de -365 a -323 a.C.) la verdadera protagonista de todo el relato.

No en vano de la ciudad del delta del Nilo se proclama que “fue el escenario de uno de los grandes mitos eróticos de todos los tiempos: la historia de amor de Cleopatra y Marco Antonio” (página 277).

No en vano, segundo, al autor del Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell (1912-1990), se le reconoce en páginas 28 y 29 un espacio propio: “uno de esos ingleses asfixiados por el puritanismo y el clima de su país”, que “conoció la ciudad en los años turbulentos de la Segunda Guerra Mundial, cuando Egipto estaba ocupada por tropas británicas y era un nido de espionaje, conspiraciones y, como siempre, placeres”. 

No en vano, finalmente, a esas cuatro novelas se les dispensa el mayor de los aplausos, porque en ninguna otra ocasión -ni tan siquiera de la mano de Constantino Cavafis- se “han descrito con más precisión los olores y las sensaciones físicas que despertaba Alejandría. El silencio aplastante y el cielo alto del verano. Los días calcinados. El luminoso azul del mar, las escolleras, la ribera amarilla. En el interior, el lago Mareotis, que a veces aparece borroso como un espejismo. Entre las aguas del puerto y del lago, calles innumerables donde se arremolinan el polvo, los mendigos y las moscas. Palmeras, hoteles lujosos, hachís, embriaguez. El aire seco cargado de electricidad. Atardeceres de color limón y violeta. Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones, el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta. En Alejandría, escribe Durrell, la carne despierta y siente los barrotes de la prisión”.

Ni que decir tiene que, a los ojos de la autora, que se mueven permanentemente en el vaivén entre el ayer y el hoy, la gran Biblioteca de los Ptolomeos representó una suerte de anticipo de la world wide web. Y tampoco hará falta extenderse en explicar que Jorge Luis Borges –La biblioteca de Babel, como laberinto sin final- está muy presente: página 42. Borges, sí, “el bibliotecario ciego que se ha convertido él mismo casi en un género literario”: página 155.

La primera de las palabras del libro, el infinito, consiste precisamente en la posibilidad que nos ofrecen los libros -y más aún en épocas de confinamiento- de hacer viajes inmóviles. En varias ocasiones se contienen listas a modo de recomendaciones geográficas, pero quizá ninguna como la de las páginas 99 y 100, en la que la autora recuerda, por ejemplo, todo lo siguiente:

– El campamento del Yucón, en Canadá, donde, en la fiebre del oro, Jack London (1876-1916) inspiró para escribir La llamada de la selva y luego la inolvidable Colmillo blanco.

– Las orillas del Mississippi, el lugar de la novela de 1840 de Asia McDougal.

– El castillo de If, frente a Marsella. Allí, en su novelón de 1844, situó Alejandro Dumas al Conde de Montecristo.

– La posada del almirante Benbow. No hace falta recordar que fue donde Robert Louis Stevenson emplazó La isla del tesoro.

El monte de las ánimas, en Soria: Gustavo Adolfo Bécquer en estado químicamente puro.

– La selva misionera, el bosque atlántico repartido entre Argentina, Brasil y Paraguay donde el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) escribió sus Cuentos de la selva.

– El lago de Maracaibo, en Venezuela, escenario de Un vampiro en Maracaibo, de 2008, de Norberto José Olivares.

– El barrio de Benia Krik, jefe del barrio judío de Odesa en el que Isaak Bábel (1894-1940) quiso que se desarrollasen los Cuentos de Odesa.

– Ventimiglia, en Italia, aunque junto a Niza, de donde Emilio Salgari (1862-1911), en una de sus novelas de aventuras más celebradas, El corsario negro, del ciclo de los piratas del Caribe, quiso que saliera Emilio di Roccanera.

La avenida Nevski, inmortalizada por Nikolái Gogol (1835): esa calle de San Petersburgo que es como un ser vivo. Sufre transformaciones y tiene capacidad de atraer sujetos: de ahí que se la conozca como “Pespectiva” Nevski.

– La ínsula barataria. Tener que ofrecer detalles podría ser hasta ofensivo.

– La frontera de Mordor. Como todo el mundo sabe, forma parte de La tierra media en El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien (1892-1973).

– Los Baskerville. Tampoco hará falta consumir mucho espacio para hablar de Arthur Conan Doyle y del más célebre perro de la historia de la literatura.

– Nijni Nóvgorod, en Rusia, en el distrito del Volga, por donde Miguel Strogoff, el correo del zar, tuvo que pasar y quedarse en su famoso viaje para poder advertir de los planes del traidor Ogareff.

– El bosque de Sherwood, junto a Nottingham, en la Inglaterra profunda. Tampoco hay que explicar nada.

– El laboratorio de anatomía de la ciudad de Ingolstadt, en Baviera. Allí donde Víctor Frankenstein dio vida al monstruo en la famosa novela de Mary Shelley de 1816. Casi nada.

– La arboleda del barón Cósimo en Ombrosa: El barón rampante de Italo Calvino (1957). El que vivía en los árboles porque había prometido no pisar el suelo.

– El planeta de los baobabs. Todo el que haya leído a Saint-Exupéry lo recuerda.

– La casa de Ivonne de Galaís, la mujer de los sueños de Le grand Meaulnes, de Alain Fournier (1913).

– La guarida de Fajín, el malvado que dirigía la banda de chicos carteristas en la que se buscó la vida Oliver Twist en el hampa londinense.

– Y, por supuesto, la isla de Itaca. Igualmente sobran más palabras.

Es una lista espectacular y muy completa. Falta, por decir algo, toda referencia a Madrid, pero cualquiera la sabría completar. Aparte de Galdós (Fortunata y Jacinta), de Pío Baroja (El árbol de la ciencia) y de Valle Inclán (Luces de Bohemia), podrían haberse citado, ya en el siglo XX, Celia en la revolución, de Elena Fortún, sobre la Guerra Civil; El tiempo amarillo, las memorias de Fernando Fernán Gómez; Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos; o, en fin, El gran momento de Mary Tribune, de Juan García Hortelano. Y es que Madrid, como, por supuesto, el París de Balzac o de Víctor Hugo, figura también entre las ciudades literarias.

A todos esos sitios y otros muchos más -el infinito- se puede viajar sin tener que hacer las maletas. Y por mucho estado de alarma que decrete el Gobierno de turno. El junco ha terminado dando lugar a un objeto -el libro- que tiene fuerza para vengarse de todas las limitaciones de la geografía.

4. Libros sobre los libros hay muchos. Piénsese en los trabajos de un Eric A. Havelock o de un Roger Chartier. Y eso sin hablar del debate que desde hace veinte años, por decir algo, mantienen unos y otros sobre el futuro de la galaxia Gutenberg en la era de las redes. Pero la reflexión de Irene Vallejo ofrece una perspectiva mucho más amplia e interesante que todos ellos juntos. Y por muchas razones.

Primera, por el who is who que ha elaborado. No falta nadie. A título de mera referencia y sin agotar el elenco:

– Homero, muchas veces, claro está. Como Platón y Aristóteles.

– Hesíodo: página 116.

– Calímaco: 148.

– Aspasia: 171 y siguientes. Y también Antígona, Praxágora y Medea.

– Esquilo: 177 y 178.

– Heródoto: 180 a 185.

– Aristófanes, padre del humor: 193.

  • Demóstes: 202 y 203.
  • – Hipatia: 226 a 231.

– Ovidio: 337.

– Quintiliano: 361 y 362.

Pero también entran en escena muchos personajes actuales, tanto de la literatura -sobre librerías, precisamente: páginas 299 y siguientes- como acerca del cine: las referencias al arte de los hermanos Lumiére son una constante y hacen que de la autora no pueda uno quedarse con la imagen de unos de esos nada atractivos “ratones de biblioteca” que pululan por el mundo, como típicamente Don Quijote, y que, a los ojos de muchos, son gente que personalmente tira para atrás.

Si acaso la autora fuese andaluza, y no digamos cordobesa, todo el mundo iría por ahí afirmando que se trata de una mujer sentenciosa, palabra que empleo aquí en el sentido más noble de los posibles: dotada para elaborar frases redondas y lapidarias (y felices: de las que concluyen un debate y cierran la boca de los demás). A título, una vez más, de ejemplo:

– Página 20: “El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí. Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor”.

– 133: “En todas las sociedades que utilizan la escritura, aprender a leer tiene algo de rito iniciático. Los niños saben que están más cerca de los mayores cuando son capaces de entender las letras. Es un paso siempre emocionante hacia la edad adulta. Sella una alianza, desgaja una parte superada de la infancia. Se vive con felicidad y euforia. Todo pone a prueba el nuevo poder”.

Por eso, dicho sea en un paréntesis personal, el nombre la persona que nos enseñó a leer no se nos olvida nunca. En mi caso, la Madre Ana Josefa, del Colegio de La Asunción, en Granada. Calle Martínez de la Rosa, para más señas. Y cierro la referencia a mí mismo.

– 182 y hablando de Heródoto y en general del oficio de historiador: “(…) descubrió que la verdad es huidiza, que es casi imposible desentrañar el pasado tal y como sucedió porque sólo disponemos de versiones diferentes, interesadas, contradictorias e incompletas de los hechos”.

Y, al final de todo, como telón último, se topa uno, cómo no, con la línea divisoria de Oriente y Occidente, la frontera por excelencia, que se muestra más impermeable que los muros puestos unos encima de otros: la clave del choque de civilizaciones que todo lo explica. La marca dejada por la guerra de Troya se exhibe como algo imborrable, con la única diferencia de que antes lo bueno estaba allí, en Oriente, y luego pasó a Poniente, los Abendländer, los países de la tarde, como dicen los alemanes. En estos tiempos tan posmodernos parece que, como el mundo es redondo, volvemos al punto de partida.

5. Sólo una última referencia, de interés más ceñido a lo gremial. Los abogados no estamos ausentes, porque a nuestros ancestros griegos -su oratoria, su astucia a la hora de argumentar- se dedican las páginas 204 y 205: al cabo, la segunda profesión más antigua del mundo, dado que a veces el cliente se niega a pagarle a la puta y ésta tiene que llevarlo a pleito.

Sobre otro de los oficios que pueden resultar cercanos para los lectores, el de conferenciante, diserta la autora en páginas 206 y 207. Son los discípulos de los sofistas, aunque suene feo recordarlo: “Allí empieza la ruta que conduce a nuestras TED Talks y al negocio multimillonario de los expresidentes conferenciantes”.

Un librazo, de verdad. Una gozada. Si coinciden gente tan varia como Vargas Llosa, Manguel, Landero, de Cuenca y García Gual, e tutti quanti, será por algo.

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Catedrático de Derecho administrativo en la Universidad Politécnica de Madrid. Letrado de las Cortes Generales desde 1981 (actualmente en excedencia). Consultor de Allen & Overy Madrid desde 2001.

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