Empiezan a aparecer artículos sobre las consecuencias de la pandemia provocada por el Coronavirus COVID19 en el funcionamiento general de los asuntos públicos y, en particular, sobre si la globalización liberal se verá paralizada y volverán tiempos de reforzamiento del Estado. Dudas que solo son novedosas en cuanto a la causa que las provoca.

En efecto, tras la caída de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008 y el comienzo de la propagación de la crisis económica que ya estaba desarrollada en Estados Unidos, empezó una carrera doble a intentar parar sus consecuencias y a pensar en el futuro. La frase del Presidente de Francia de que la crisis financiera “va a reconfigurar el capitalismo” es posiblemente el punto en el que se concentra aquel planteamiento frustrado. Posiblemente fuera una farsa, como la campaña del Primer Ministro británico Gordon Brown para la eliminación de los paraísos fiscales, una de las figuras más típicas del mundo globalizado. Gran farsa.

Hoy el riesgo es que, al igual que en aquellos días, tengamos la tragedia de que todo siga igual y que sigamos aplicando recetas que claramente no son útiles para resolver los problemas. Entonces fueron las de la austeridad, que repercutieron en un empobrecimiento generalizado de la población, en una deficiente provisión de servicios públicos básicos, como los sanitarios cuya desnudez ha hecho falta que venga una pandemia a descubrir.

Hoy podremos hablar del despropósito globalizador de que haya un único proveedor de materiales de primera necesidad (como se ha visto en la dependencia de China a la hora de adquirir productos sanitarios), del absurdo del mantra neoliberal de la privatización sanitaria y la ausencia de una política preventiva de salud pública que ha provocado que no haya ni instalaciones ni personal sanitario para atender a la población. Deberíamos hablar también de las carencias del sistema educativo. O incluso de la transformación de la economía global de los países desarrollados como una economía de servicios que ha perdido el sector primario y secundario.

La globalización ha generado una distribución de papeles en la economía global que es muy complejo cambiarlo sin un impulso transformador, que no parece estar en el establishment del gobierno mundial, especialmente en Washington, Londres, París, Pekín o Berlín. Países todos ellos que han vivido bien en el marco global y que ahora dificilmente querrán volver atrás e instaurar una estructura diferente de gobierno global.

Las tendendencias perseverarán porque la alteración del marco económico de la globalización, la estructura productiva global no se puede cambiar de la noche a la mañana.

Los promotores de más globalización esperarán que exista una necesidad de productos para volver a abrir fronteras económicas en términos similares a lo que ocurría con anterioridad. Algo que vendrá más temprano que tarde, porque el consumismo no se ha borrado de nuestras mentes. No hay más que ver lo que está ocurriendo en la actualidad con los grandes markets place chinos y estadounidense y cómo repercuten su presión de la distribución hacia los distribuidores europeos. Es paradójico ver cómo el gran debate sobre las medidas adoptadas era su impacto en la economía.

Posiblemente la segunda tragedia será que lo que haya sea una perseveración en la tendencias previas. Sí, reconozco que soy pesimista sobre la recuperación del papel del Estado como gran agente de las relaciones sociales y económicas. Con unas administraciones públicas fuertes se podría haber gestionado la pandemia mucho mejor. 

El neoliberalismo seguirá como el tango, cuesta abajo en la rodada. Es un camino ya conocido, pero cuya velocidad de crucero es tan lenta que falta mucho tiempo para que sea sustituido. De hecho, el solucionismo que estamos viendo en los últimos tiempos, que no admite una alternativa ideológica para resolver los problemas  no es más que uno de los últimos estertores de esa voluntad neoliberal de que la historia haya terminado. Para conseguirlo, el poder público debe dar un salto adelante para emanciparse de las entidades privadas que con esa unidad de soluciones no hace otra cosa que propugnar soluciones no democráticas.

Posiblemente el ejemplo de la dependencia de las infraestructuras tecnológicas sea el más llamativo de lo que ocurre en la actualidad. Pero cosas similares se pueden decir de las grandes consultoras, que suplen a las Administraciones públicas a la hora de proponer políticas públicas debido a que la cura de adelgazamiento de aquéllas les ha Dejado sin músculo para afrontar el porvenir. Unas administraciones públicas que han olvidado la gran palabra: planificación que sirve, entre otros factores para la coordinación social y no comercial.

Los regímenes totalitarios acrecentarán su poder en el caso de que la población haya percibido un grado suficiente de satisfacción ante la gestión y se ahondarán en movimientos totalitarios vinculados a la posverdad como todos los herederos del alt-Right que llevó a Trump al poder. Aquí posiblemente tengamos el gran riesgo para los sistemas liberales que conocemos ahora, unos riesgos que se materializan en cualquier momento en que haya una situación de crisis (como ahora) o cuando hay un proceso electoral. Es la paradoja de internet que coarta la libertad por un ejercicio abusivo de ella a través de la mentira.

La izquierda seguirá intentando articular un programa que seduzca a la ciudadanía, con los problemas que genera ser meramente postizquierda.

Perseveración que pondrán a cada país frente a lo que han ido construyendo en los últimos años. El desgobierno de Trump y la ausencia de sanidad pública se podrán agudizar en el caso de que vuelva a ganar las elecciones; la actitud autoritaria y chulesca de Bolsonaro. Las carencias europeas que debilitarán aún más el proyecto por potenciar la competencia entre los socios (ahí están los paraísos fiscales europeos) que la articulación de una política común basada en la solidaridad.

Y entre nosotros, qué más se puede decir que seguimos siendo merecedores de aquella frase de Bismarck de que “España es el pais más fuerte del mundo: los españoles llevan siglos intentado destruirlo y no lo han conseguido”. Me da la sensación, no obstante, de que con esta oposición estamos tocando fondo.

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Catedrático de Derecho administrativo en la Universidad Complutense de Madrid

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