Clarín sobre Galdós

 Es sabido que Leopoldo Alas, Clarín (Leopoldo García-Alas Ureña, Zamora 1852-Oviedo 1901), aparte de ser un novelista de primera –“La regenta” es de 1884-, se desempeñó como crítico literario. Y mucho y bien.

 Curioso destino el de ese oficio, sobre el que por cierto, y para honrar a la memoria de José Miguel Oviedo (Lima 1934-Filadelfia 2019), se desarrolló hace poco –a finales de febrero, o sea, unos días antes del apocalipsis- un interesantísimo debate en la sede central del Instituto Cervantes, en Madrid, calle Barquillo, convocado por Luis García Montero. Mario Vargas Llosa fue el que levantó el tabú, indicando que la crítica literaria arrastra mala fama (los jóvenes que quieren abrirse camino en la literatura quien ser poetas, novelistas o ensayistas: todo menos eso), pero lo cierto es que, tarde o temprano, acaban dedicándose a glosar por escrito lo que han hecho otros de sus colegas y además se sienten felices. Algo tan cierto como que el primero al que le ha sucedido es a él mismo: al empezar a escribir –“La ciudad y los perros” es de 1963, cuando tenía apenas veintisiete años- no hubiese podido  imaginar lo importantes que en el conjunto de su obra iban a terminar siendo “García Márquez: historia de un deicidio” (1971), “La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary” (1975) o “José María Arquedas y las ficciones del indigenismo” (1996). De hecho, a José Miguel Oviedo –de quien fue colega en el Colegio de La Salle en Lima en 1948: vaya una coincidencia- le dedicó en El país, el 5 de enero de 2020, un precioso obituario, con el nombre “Compañerito de carpeta”, y que empezaba con unas palabras de reconocimiento al gremio en el que el recién fallecido se había acreditado como un maestro: “sólo los grandes críticos literarios son capaces de establecer jerarquías, dar un orden de ideas y valores a lo que en un principio, parece una jungla”.

 Y eso sin contar los otros reproches que suelen hacerse a los críticos literarios: que son unos ignorantes o –peor aún, si cabe- que (empezando por la hora de seleccionar qué merece atención y qué no) se dejan llevar por ventoleras personales o, peor aún, por el dinero, er mardito parné. El propio Alas se hizo eco de algunas de esas diatribas –verdaderas acusaciones contra todo un gremio- cuando se puso a comentar “Fortunata y Jacinta”: “A usted, don Benito, también se le compra aquí más que a otro escritor alguno, como declara noblemente nuestro insigne don Juan Valera, ídolo de usted y también mío; es más, hay bastantes españoles que leen sus novelas de usted después de comprarlas, y muchos más que sin comprarlas las leen. Lo que no hay es periódicos que hablen de ellas tanto como por sí y por su autor merecen”. Y ya entrando a matar: “La crítica, si la hay, no tiene perdón de dios, dejando pasar sin examen detenido, sin discusión, sin el calor de las polémicas literarias, fecundas cuando se sabe lo que se dice, sus libros de usted, que son dignos siempre de crear esa atmósfera literaria que en otros países es la más hermosa y fuerte manifestación del espíritu del pueblo culto. Aquí los críticos, o lo que sean, ya no hablan más que de los libros de algún amigo o recomendado, o de algún enemigo. Ni siquiera los envidiosos se atreven con usted, ya sé, con pruebas concluyentes, que le importa un rábano (así se dice y bien dicho está) de todo esto; pero no lo siento yo por usted, sino por los demás, por la patria artística”. Ni que decir tiene que Leopoldo Alas estaba pensando en Saint-Beuve (1804-1869): recuérdese que esas palabras son de 1887.

 Total, que Clarín también trabajó de eso. Y muy en particular teniendo como objeto las novelas de su amigo y muy admirado Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria 1843-Madrid 1920): por tanto, apenas seis años mayor. En 2001, con motivo del centenario de la muerte del autor del “La Regenta”, se recogieron en el volumen “Ensayos sobre Clarín”, con 300 páginas clavadas, del que, casi veinte años más tarde, aún se puede conseguir un ejemplar con relativa facilidad.

 Las crónicas –reseñas- fueron saliendo, como es natural, al hilo de los libros, aunque Clarín también elaboró –en 1888, si bien el dato no figura- una especie de semblanza de su colega, que en el libro se recoge en la primera parte. No faltan las referencias a José María Pereda, tanto para parangonar a ambos (“Ni Pereda ni Galdós son capaces de pronunciar cuatro palabras en público; no por las palabras, sino por el público”) como para señalar sus diferencias, indicando por ejemplo que en las novelas del segundo “no hay ni rastro del sol de su patria: ni del sol, ni del suelo, ni de los horizontes; para Galdós, novelista, como si el mar se hubiese tragado las Afortunadas. Este poeta que ha cantado al mismísimo Arroyo Abroñigal, y que se queda extasiado –yo lo he visto- ante el panorama que se observa desde las Vistillas; que cree grandioso el Guadarrama nevado (como Don Francisco Giner)… jamás ha escrito nada que pueda hablarnos de los paisajes de su patria; no sueña con el sol de sus islas… a lo menos en sus libros. Jamás ha colocado la acción de sus novelas en su tierra, ni hay un solo episodio o digresión que allí nos lleve; es en este punto Galdós todo lo contario de Pereda, su gran amigo, que se parece al shah de Persia en lo de llevar siempre consigo tierra de su patria”. Y es que, para Alas, su amigo Benito, puestos a buscar referentes insulares, los encontraba sobre todo al otro lado del Canal de la Mancha: “Si hubiéramos de juzgarle por comparaciones, creo que se podría recordar, como el más semejante al de sus obras, el espíritu que predomina en los artistas ingleses de la novela, y aun en general se podría añadir que Galdós tiende a ser como varios personajes de sus últimas novelas: un español a la inglesa. Sus viajes más frecuentes al extranjero van a parar a Londres y sus lecturas favoritas son ahora las novelas inglesas… y los libros de ciencia positiva, de aplicación inmediata”.

 Cuando uno, más de un siglo después, lee de seguido las reseñas, que son un total de treinta y una, por supuesto con un tono no ya complaciente sino (hasta un cierto momento, luego se verá) abiertamente entusiasta –estábamos bien lejos del otro modelo de crítico, el implacable hasta el límite de la crueldad, como a veces sí era José Miguel Oviedo-, de quien puede acabar sacando un perfil bastante acabado es del propio Clarín, hombre verdaderamente enciclopédico (renacentista, si se quiere emplear tan manida y cursi expresión). Cita mucho, por ejemplo, a Goethe en concreto, a Wilhelm Meisler, cuya Mignon menciona varias veces. Y (de más está decirlo) a Balzac (1749-1950), a Flaubert (1921-1880) y a Zola, todos ellos bien frecuentados mediante lecturas. Lo iremos viendo.

 Dejando al margen “La fortuna de oro”, del temprano 1867 (todavía, por tanto, en el reinado de Isabel II), sucede –perdón por recordar lo que, una vez más, nadie ignora- que (aparte de los Episodios Nacionales, a los que iremos de manera monográfica) Galdós arranca su carrera con las conocidas como novelas de tesis: “Doña Perfecta” (1876), “Gloria” (1876-1877), “Marianela” (1878) y, en fin, “La familia de Leon Roch” (1878 también). Al comienzo de la restauración canovista, por tanto. Y sucede que Clarín disertó sobre las tres últimas.

 “Gloria” narra una historia situada en Ficóbrega (“Villa risueña junto al Cantábrico”) y cuyo argumento es el amor –frustrado por la circunstancia fatal de las diferencias de religión- entre la protagonista (de la familia “Lantigua”: hay apellidos que lo dicen todo) y Daniel Montón, ¡ay!, judío. Y del que Clarín afirma lo siguiente:

 <<(…) ya no es, como el ingeniero en “Doña Perfecta”, indiferente en religión, librepensador secularizado; es tan sectario como Gloria, y aunque tiene la tolerancia exterior de las formas, es intolerante como un rabí en el fondo de sus creencias. El autor ha escogido la religión judaica para Morton, porque así el conflicto es mayor; la dificultad de la avenencia insoluble, dentro de los respectivos credos>>

 Ni que decir tiene que Clarín no resulta neutral en ese tipo de conflictos, como tampoco lo es el propio autor de la novela, que pone el dedo acusador en la educación recibida (por ella). Gloria no debe tenerse por responsable, porque “la educación ha hecho todos esos estragos en el alma de aquella niña, cuyo natural elevado, capaz de grandes ideas, se ve pronto combatido y desvirtuado por la acción del medio deletéreo en que vive, y luego por la fuerza de circunstancias aterradoras, que ya no dejan lugar a la independencia del espíritu, que aceleran con los sucesos los pensamientos, y en vez de reflexión piden abnegación… y muerte”. 

La historia de Marianela –la fea Nela, que es lazarillo del niño Pablo Penáguilas, ciego y rico- es tan triste y trágica como lo anterior, aunque las causas del conflicto no se encuentren propiamente en la ideología de ambos, sino en los vericuetos de la naturaleza. El escenario vuelve a situarse en las cercanías del Cantábrico, lo que por supuesto no pasa desapercibido a Clarín: “Cualquiera que haya vivido en las comarcas del Norte, entre tanta y tan alegre frondosidad; en aquellos valles pequeños y deliciosos, que parecen estuches forrados de verdura, donde se ve poco cielo y en la tierra tantas cosas hermosas, comprende el paganismo y, más que comprenderlo, lo siente. Santa Teresa, en los páramos de Ávila, ¿cómo no había de ser mística? Si los anacoretas de Tebaida hubieran habitado nuestras colinas, siempre verdes en aquellas faldas del Pirineo, hubieran comenzado por cultivar un jardín. Es fama que no hay ningún santo asturiano, y aunque yo no puedo asegurarlo, sí diré que me parece muy verosímil”.

En “La familia de León Roch” se vuelve a una problemática parecida a la de “Doña Perfecta” (solo que esta vez no en Orbajosa, “la ciudad episcopal metida en el corazón de España”, como la define el propio Clarín) en el sentido de que una de las dos partes de la pareja –él-, ahora geólogo de profesión, se muestra librepensador y ateo, lo que contrasta con María Egipciaca, hija de los marqueses de Tellería, no ya católica sino beata hasta el límite del misticismo, aunque, eso sí, guapa a rabiar. Y en un determinado momento, prefigurando a Fortunata, aparece una tercera, Pepa Fúcar. La cosa no termina bien –nada más lejano a Galdós que un happy end-, aunque el intérprete Clarín entiende necesario puntualizar que la culpa no es de la Egipciaca, sino de los que han influido sobre ella y la han convertido en esa caricatura de sí misma: “cuanto de responsabilidad y culpa se descarga a María, es necesario cargarlo a otro lado; si ella no se hace indigna ni repugnante, porque sus propios errores en algo fundamentalmente bueno se originan, no cabe mayor oprobio que el que precisa arrojar sobre ideas, instituciones, costumbres, o lo que sean, que arrojan los más santos sentimientos de las almas nobles y pías por laberintos de falsa religión, de falsa mansedumbre, de ascetismo falso y grosero, sensual y estúpido: ideas o instituciones que persiguiendo egoístas ideales, no miran el derecho que pisan, desprecian la solidaridad de la vida social, y no se sabe si son más dignas de maldición por lo que yerran o por lo que pecan y pervierten”. Se debió quedar muy a gusto Don Leopoldo después de despacharse así.

– Lo siguiente en Galdós fueron las llamadas novelas españolas contemporáneas, en el sentido de que el tiempo narrado es el propio en el que se escribe o, todo lo más, un poco antes. Se gestaron durante el reinado de Alfonso XII (aunque a veces su autor las coloca unos años antes, en la época final de Isabel II, bien que con la idea de denunciar vicios que seguían existiendo, en suma, que del Sexenio podría predicarse eso de que mucho ruido y pocas nueces: tichíntachán pero luego nada) y, por supuesto, el escenario son ya las calles de Madrid, al tiempo cortesano y populachero (las calles existen todavía pero fue Galdós quien las puso en el mapa y no al revés: Carreteras, Concepción Jerónima, Montera, León, Farmacia, Arenal, Hortaleza, Cava Baja…). Las primeras fueron “La desheredada” (1881), “El amigo Manso” (1882, y que concluye con eso tan elemental pero tan ignorado de que “las cosas caen del lado del que se inclinan”), “El doctor Centeno” (1883), “Tormento” –a mi juicio, lo mejor desde el punto de vista del análisis psicológico- (1884, año por cierto de “La regenta”), “La de Bringas” (también 1884) y, por último “Lo prohibido” (1885). Seis en total. De ellas, menos la segunda y la cuarta, se ocupó Clarín con idéntica profundidad y también con el mismo resultado de aplauso.

El argumento de “La desheredada” lo conoce todo el mundo: la típica provinciana joven y agraciada, Isidora, que llega a Madrid a comerse el mundo pero a quien la  fortuna no le sonríe y acaba en la prostitución y finalmente en la mismísima cárcel. Clarín tiene en la cabeza a Flaubert (“Coeur simple”, uno de los tres cuentos escritos entre 1.875 y 1.877), Balzac (“Eugenie Grandet”, de mucho antes: 1833) y Zola (“La curée”, o sea, “La jauría”, de 1871), porque sólo bajo esos presupuestos se entiende el siguiente comentario.

 

“Como coeur simple no es más que la historia de un espíritu nacido para el sacrificio y la abnegación; como Eugenie Grandet no es más que la historia de un avaro y su víctima; como Madame Bovary no es más que la historia de una concupiscencia de una mujer que sueña desde un rincón de una provincia; como la curée no es más que los estragos de la molicie en el espíritu de una mujer que nació burguesa y se ve convertida en cortesana”.

 

Y bien:

 

<<(…) la primera parte de “La desheredada” no es más que la historia del orgullo de una joven pobre, soñadora, que lucha por el pan de cada día y ambiciona palacios encantados; que se cree nacida para hacer lujosos trenes y pisa el lodo de las calles con botas desvencijadas y rotas: Galdós ha llevado la acción de su novela a la vida de las clases bajas de nuestro pueblo, y en esto también ha procedido como los autores naturalistas”.

 

Pero lo peor, a los ojos de Clarín, no es que el pueblo sea miserable, sino que intente disimular lo que constituye una evidencia: “Esa miseria que es cómica a primera vista, pero que, si bien se atiende y reflexiona, es la más terrible, porque añade a las privaciones que sufre el cuerpo las de la fantasía, siempre engañada”. 

Hablando de “Tormento”, el autor de estos cuatro garabatos tiene que reiterar lo que ya he dicho: que le gusta mucho y le parece que Amparo Sánchez Emperador merece estar en un pódium. Que, en suma, no es neutral. Y, claro está, le alegra comprobar que esa conclusión, a la que había llegado por sí mismo y hace tiempo, coincide con lo que mucho antes había expresado Clarín. Que -¡él, precisamente, el autor de “La regenta”!- comienza afirmando, con tono de denuncia, que “en general, la mujer está poco estudiada en nuestra literatura contemporánea; se la trata en abstracto, se la pinta ángel o culebra, pero se la separa de su ambiente, de su olor, de sus trapos, de sus ensueños, de sus veleidades, de sus caídas, de sus errores, de sus caprichos”. Y es en esta novela cuando Galdós, aunque con precedentes propios –el de Isidora entre ellos y en lugar de honor-, pone a las féminas arriba del todo: Rosalía Pipaón –llamada en la novela siguiente al estrellato- y por supuesto Amparo. De Polo, el cura infame e infumable (en cuya casa se había alojado Felipe Centeno en la novela anterior, dicho sea de paso), tiene Clarín un concepto no tan malo: “(…) no prueba nada, ni quiere probar nada, ni siquiera encarna ese pedantesco sublime de la mala voluntad, porque en el fondo es un bendito que se deja, si no convencer, prender y llegar por el padre Nones, no es ni más ni menos que un hombre de carne y hueso, de los pocos que tiene la literatura española contemporánea”. Prefiero pensar, en lo que a mí concierne, que el patriota promedio no mostraba tanta perfidia.

 

Sobre la película de 1974, con Ana Belén como protagonista, no hará falta extenderse en elogios.

La reseña de la última de las novelas de esta serie la comienza Clarín con una reflexión de orden general, en términos de celebración del reconocimiento internacional de Galdós. Así:

 

“Pocos días hace que una de las revistas literarias más populares de Francia, Revue politique et litteraire, aseguraba que Pérez Galdós es un novelista de primer orden. Il est aujord´ui le vrai romancier de l´Espagne, añade el crítico francés; y aunque yo creo que sería más justo decir, en vez de el verdadero, el mejor, aplaudo la buena intención de M. Léo Quesnel, y estoy muy conforme con todo lo que escribe para probar que el autor de Gloria y de Tormento puede colocarse al lado de los más eminentes noveladores. Habrá de Galdós a Dickens la distancia que haya de España a Inglaterra; de Galdós a Balzac la distancia que haya de España a Francia; y en este sentido no hay asomo de hipérbole en lo que dice la Revue politique et litteraire cuando afirma que nuestro autor no aspira a tanto como ser el nuevo Cervantes, y que se contenta con ser el Balzac de su país”.

 

La acción de “Lo prohibido” se desarrolla en los últimos años del reinado de Alfonso XII. Se trata, por tanto, de una novela sobre el propio tiempo en el que fue escrita: contemporánea ya sin matices. Significa un contraste absoluto con la anterior, “La de Bringas”, cuya protagonista, Rosalía Pipaón, una insufrible pretenciosa que, para mantener las apariencias, y ya en su madurez, no tiene más remedio que acabar prostituyéndose, y en quien Galdós pretende retratar lo peor de la corte de Isabel II en la época inmediatamente anterior a la gloriosa de septiembre de 1868. Pero los protagonistas de “Lo prohibido” no son nuevos: piénsese en el Marqués de San Salomó (que viene de “La familia de León Roch”), Manolito Peña (el alumno de Máximo Manso) o Constantino Miquis (de “El doctor Centeno”). Algo distinto sucede con Camila (de Cervantes: así se llama), que (con evidente en inspiración en Emma: “Madame Bovary” había aparecido en 1857) en cierto sentido prefigura a la que acabaría siendo la gran Fortunata. Pero lo importante es que se trata de gente         –sobre todo, José María, rico, español inglés- a quien todo se le va en salvas: en aparentar lo que no se tiene (con la especulación bursátil como único nexo con la economía). Es una de las novelas que más gustan a Clarín (“el libro más importante, por la pureza, la verdad, la profundidad y la frescura de la composición, entre todos los de esta época de Galdós”), que formula el siguiente juicio sobre el texto y la psicología de los personajes:

 

<<Es un estudio penetrante y muy aproximado a la exactitud de la miserable vida de nuestra pobreza encopetada y ostentosa y de nuestra riqueza holgazana, viciosa y enfermiza.

 

José María representa el dinero que se gasta mal, que se desperdicia en locuras y tonterías, en sobornar a la virtud y levantar templos a la prostitución: el dinero de los ciegos, de los ignorantes, que aun en los momentos en que quieren trabajar, no encuentran más camino que el de la Bolsa; el dinero que se pierde por jugarse a espaldas de la misma ley, demasiado ancha y poco timorata; el dinero que va y viene en especulaciones artificiales, que nada tienen que ver con la natural circulación del capital en la vida de la riqueza. Es “Lo prohibido” también reflejo de la vanidad más antipática e irracional en ciertas clases, y sobre todo en los grandes centros; la vanidad de fingir fortuna y gastar como si se tuviera; reflejo de la corrupción estúpida, casi animal, que vende cuerpos y honras por el boato, por trapos y muebles, por objetos de arte que sólo se estiman por lo caros>>.

 

Más aún: Clarín sabía que un año antes, en 1884, había editado Zola su “La joie de vivre” y, puestos a elegir cómo decir algo bueno de la obra reseñada, indica que lo suyo son “primores de arte dignos de figurar en la obra (de Zola)”. Pero realmente a Galdós se le sigue considerando algo único, que está en un lugar tan alto que no lo comparte con nadie: “Cuando (…) se decide a ser sentimental, o patético, o terrible, o atrevido, produce una impresión extraña, que se diferencia mucho de la que sentimos cuando otros maestros apelan a los mismos recursos. En Galdós la fuerza de la emoción, gracias al vigor con que él siente y comprende la situación y la expresa, es igual que en otros grandes novelistas; pero además tiene el encanto de contraste que ofrece con el estilo, que no deja un momento de ser llano, corriente y hasta muchas veces algo difuso”.

 

Hasta aquí, las novelas españolas contemporáneas de la primera tacada, por así decir. Las anteriores a 1885.

 

– “Fortunata y Jacinta” (1886-1887) debió ser de las obras de Galdós que, al menos hasta entonces –luego se explicará-, menos complacieron a Clarín, que incluso embosca su reseña en un texto con otro título: “Una carta y muchas digresiones”. Y del contenido de su análisis llama la atención que no pone el foco en Fortunata (“esa dama de las camelias de la Cava de San Miguel”), ni en su marido Rubín ni en Jacinta, ni en Juanito Santa Cruz, ni en Estupiñá, sino que se detiene en las monjas: “Todo lo que pasa en las Micaelas, convento de Arrepentidas, es un primor de penetración y verdad, de una novedad absoluta en las letras españolas”. Los elogios se quedan ahí.

 

De la serie de televisión, con Fortunata de nuevo encarnada por Ana Belén, tampoco hay que hablar ahora.

 

Más aún: a partir de entonces, algo cambia en Clarín: los aplausos cesan y el tono pasa a ser otro. No llega a la crítica inmisericorde –las que a veces sí hacía José Miguel Oviedo-, porque se cuidaba de no llegar ahí, pero desde luego el estilo va a mutar. En seguida lo veremos.

 

– De “Miau”, aunque publicada en 1888, después de “Fortunata y Jacinta”, es decir, ya formalmente en el reinado de Alfonso XIII (mejor, la regencia de su madre, María Cristina de Habsburgo. Lorena, “María Cristina me quiere gobernar”, como decía la canción), puede afirmarse que sigue formando parte de las novelas españolas contemporáneas, aunque ahora ya en una suerte de segunda etapa. El argumento resulta conocido: las cesantías en las covachuelas burocráticas cuando un partido sucede al otro. Que la Administración constituye un botín electoral es consustancial a la Administración de todos los tiempos y el legislador actual ha tenido que capitular: el Estatuto Básico del Empleado Público (Texto Refundido aprobado por Real Decreto Legislativo 5/2015, de 30 de octubre), que, al amparo del Art. 103 de la Constitución –principio de mérito y capacidad en el acceso-, tantos votos formula por la profesionalización de la gestión pública –el Art. 13 resulta un cántico verdadero-, se ocupa en el Art. 12 de torpedearlo todo, al prestar el máximo respaldo a la figura del “Personal eventual”. La propia definición del apartado 1, aunque pretendiendo limitar los cometidos de esa gente, lo dice todo, al referirse al apparatchik, intemporal como la vida misma en el ecosistema de la partitocracia: el oxígeno para respirar. Es tal cosa “el que, en virtud de nombramiento y con carácter no permanente, sólo realiza funciones expresamente calificadas como de confianza o asesoramiento esencial, siendo retribuido con cargo a los créditos presupuestarios consignados, por este fin”. Esto último, la alimentación, es lo más importante de todo. El lector (de hoy) conoce el percal y no se engaña. Por debajo de esos textos normativos puede poner uno nombres y apellidos de hoy y también los de aquella época: Ramón Villaamil, por supuesto, pero sin olvidar a Doña Pura (una despilfarradora, ¡cómo no!) y su enemigo y yerno, Víctor Cadalso, el padre de Luisito, el Miau original. El lema de entonces –“Madrid es el mundo y el empleado el hombre. Morir es quedar cesante”- sale de aquí precisamente. Y, de hecho, el abuelo se termina suicidando.

 

De la novela, lo más bonito (y vuelvo a hablar yo, quitándole por un momento la palabra a Clarín) es el arranque: “A las cuatro de la tarde, la chiquellería de la escuela pública de la plaza del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermosos como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle pisando y saltando. La furia insana con que se lanzan a los más arriesgados ejercicios de volatinería, los estropicios que suelen causar a algún pacífico transeúnte, el delirio de la autonomía individual que a veces acaba en porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres”. No cabe, sinceramente, más belleza expresiva y más nobleza de fondo. En la novela de Balzac que puede considerarse equivalente y referencia, “Los employés”, integrada en “La comedie humaine”, como es obvio, no se encuentra nada ni remotamente parecido.

 

¿Qué pensaba Clarín, que es lo que ahora importa? Su discurso empieza así:

 

“Se titula Miau, y es un episodio más de la vida española contemporánea. Ya lo he dicho en otra ocasión, pero conviene repetirlo: no se juzgará con justicia completa ninguna de estas novelas de Pérez Galdós, si se olvida que cada una es parte de un gran conjunto en que ha de quedar retratada nuestra sociedad según es en el día, retratada a lo menos en todo aquello a que alcancen la observación y las fuerzas del autor, que no será poco”.

 

A Clarín no le escapa que quien inocula en las familias el virus letal de la pasión por aparentar son las mujeres. Se trata de “esa ínclita clase media española cuyo ideal es la nómina y cuya realidad es la cesantía, con sus respectivos acompañamientos de pretensiones ridículas, de ambiente social cursi, de apuros positivos, grandes y constantes; de miserias caseras”. Y es que –sigue hablando Clarín- realismo significa retratar algo que, guste o no, no ofrece buena cara: “Una de las cosas más reales de España es la pobreza, pintarla con toda su corte de apuros, sordidez, envidia, codicia, esperanzas, caídas y desesperaciones es (…) oportuno, útil y patriótico”. Más aún: “en Miau los apuros de estómago son el asunto directo: se trata de que la familia de Villaamil coma o no coma”. Lo dicho: todo constituye, dicho en términos de hoy, una exégesis del Art. 12 del Estatuto Básico del Empleado Público en su crudeza.

 

Pero Clarín no disimula que esta novela tampoco se encuentra entre las que más le gustan. Reprocha a su amigo Galdós dar la impresión de haberla escrito con cansancio y de ser su estilo muy descuidado.

 

– Los años finales de la década de los ochenta fueron una época importante, por cierto, ya que estamos hablando de eso tan curioso como son los productos jurídicos, desde el punto de vista de la producción normativa; piénsese que el Código Civil, de Manuel Alonso Martínez, es de 1888, como la Ley de la Jurisdicción Contenciosa de Santamaría de Paredes. Y en seguida, en 1889, llegó la primera Ley de Procedimiento Administrativo, la de Azcárate, a no confundir con la de usura de 1908, o sea, casi veinte años más tarde. Gadós se plantea muchas cosas y, aunque sus novelas puedan seguirse considerando dentro de las españolas contemporáneas, el fondo empieza a ser diferente. Menos naturalista y más psicológico, si se quiere decir con dos palabras. Y además nuestro hombre parece querer cambiar de género literario, para que lo suyo no sean solo novelas. Es el caso de “La loca de la casa”, versión teatral de “Ángel Guerra”. Y en ese contexto tan singular es como hay que ver “La incógnita” –un conjunto de cartas entre Manuel Infante, un joven que se estrena como Diputado en Madrid, y un tal “Equis X”- y sobre todo, “Realidad”, de nuevo con formato de novela, y en donde Galdós vuelve a las historias de lo que en las relaciones humanas y sexuales se llama “un trío” –el adulterio, como se decía entonces-, aunque en esta ocasión quien se conduce con doble vida es ella, Augusta Cisneros, de noble cuna, y no su marido, José Orozco. El tercero, Federico Viera, también lleva su propio trajín. No hará falta recordar que hay quien ha visto rasgos autobiográficos en todo ello, porque fue la época en la que Don Benito se vio sorprendido por la presencia de José Lázaro Galdeano en su historia con Emilia Pardo Bazán.

 

El crítico Clarín seguía de uñas con el autor. De “Realidad”, por ejemplo, afirma, a modo de conclusión, lo siguiente:

 

“Todo está bien, menos que Galdós haya escogido precisamente para una novela de poca psicología en lo principal, la forma dramática aunque no sea teatral. Esta equivocación, o, mejor, falta de oportunidad, aunque es defecto de pura pereza, ha de perjudicar mucho al libro en el juicio de multitud de lectores”.

 

Incluso cuando elogia lo hace con lo que los asturianos llaman retranca:

 

<<Lo más interesante, lo principal, lo más hondo de “Realidad” está en los soliloquios, en lo que se dicen a sí mismos, a veces sin querer decírselo, los principales personajes. Pues bien: esto resulta un esfuerzo casi humorístico, una forma convencional excesiva, que quita ilusión al drama, y, por consiguiente, fuerza patética, y hasta algo de la verosimilitud formal, al claudicar la cual peligra también el fondo mismo del estudio psicológico>>.

 

En suma, “el lector no acaba de tomar en serio el libro por lo que respecta a la forma, y por eso hay el peligro de que tampoco el fondo se tome con toda la seriedad que merece”. Una de cal y otra de arena, así pues. Pero si de estas líneas de Clarín hay algo que merece destacarse es lo europeo de su ángulo de visión, si se quiere explicar así. No es la primera vez que sucede, por supuesto, pero aquí parece acentuarse. En 1889 ya habían muerto hacía tiempo un Stendhal (1783-1842) y también, un Balzac y un Flaubert, pero estaban vivos y en plenitud Zola (1840-1902) y, fuera de Francia, Tolstoi (1828-1901). De las novelas se proclama que su superioridad como género se debe a su “facultad de autonomía espiritual” (“que en el drama es imposible”). Y al servicio de esa idea se ponen nombres propios:

 

<<Tolstoi, y ya Gogol, han hecho grandes esfuerzos de ingenio, con buen éxito, en esta materia, pero con menos arte que Zola, cuya “Asommoir” ofrece en tal particular una novedad completa, una sorpresa para todo lector atento. Porque Zola no será psicólogo en cuanto al fundamento de los fenómenos anímicos que observa y pinta, pero sí lo es de hecho, y hay una confusión, en que yo he visto caer a los más reflexivos críticos, al empeñarse en encerrar en pura fisiología el estudio humano artístico en las obras de Zola>>.

 

Recuérdese que esa novela de Zola, traducida como “La taberna”, es de 1877.

 

En resumidas cuentas, que Galdós se dejó llevar por lo que no es sino su capricho.

 

– “La loca de la casa” (1892), en la misma línea de las novelas españoles contemporáneas de la segunda hornada, las de corte espiritualista, fue adaptada al teatro por su propio autor. Presenta la peculiaridad de que se ambienta en Barcelona. La pareja de personajes son José María Cruz, Pepet, emigrante que, de familia de criados de los poderosos Moncada, había hecho las Américas: un indiano, para entendernos, sólo que no asturiano ni cántabro, sino catalán, y Victoria (“la loca de la casa”), hija precisamente de los Moncada, que Clarín define como “joven mística, en el sentido vulgar y corriente de la palabra”, que, con las fuerzas del espíritu, pretende doblegar al primero, que bien al contrario está hecho de pura materia: “emprende la conquista de un alma rebelde y fuerte, como el cristianismo emprendió la conquista de los bávaros”. El tercero en discordia –sin él no habría enredo ni historia- es Daniel, también de la nobleza catalana. Visto con parámetros actuales, todos ellos serían del Círculo de Economía, con asistencia rigurosa y sonriente a las reuniones de Sitges en febrero. Sin faltar jamás.

 

Clarín, a estas alturas, se siente cada vez más distanciado de Galdós y no le augura el éxito: el triunfo “se retardará indefinidamente si el insigne novelista no se fija en que la reforma teatral no puede consistir en jugar con el tiempo (…)”.

 

– También fuera en Madrid, aunque ahora en Toledo, emplaza Galdós “Ángel Guerra” (1891), nombre de una criatura arcangélica –rebelde a fuer de arcangélica-, de esas de las que su reino no es de este mundo: otra obra –novela contemporánea, todavía- de la época espiritualista. Clarín empieza a reconciliarse con él:

 

“Grandísimo talento ha demostrado Galdós al desenvolver este carácter, y con lógica de gran artista la sigue hasta el último momento. Pero así como en la historia de muchos de esos santos activos que han fundado Órdenes, o cosa semejante, lo principal es la historia de sus obras, de sus fundaciones, así siendo Guerra quien es, su novela tenía que consistir, principalmente, en la historia de sus cigarrales convertidos en asilo. De hombres como Guerra no queda un recuerdo místico, una estela de piedad lírica, queda una obra pía. Galdós, como los demás novelistas de su clase, la de los insignes, ha visto toda la verdad histórica de su personaje”.

 

Y para concluir: merece elogios <<el clero catedral y parroquial que anda por el Toledo de Pérez Galdós con la misma vida y fuerza de realidad que los curas y canónigos de Balzac andan por Tours, y los de Zola por Plassans. Fernando Fabre en Francia y Eça de Queirós en Porugal nos han ofrecido abundante, pintoresca y muy bien estudiada colección de tipos clericales, pero cabe decir que Galdós en “Ángel Guerra” los iguala en mucho y tal vez los aventaja en verdad, imparcialidad y en los matices del bien y del mal que se puede ver en la clase>>. Amén.

 

– “Tristana” (1892), otra novela contemporánea de la segunda etapa, la espiritualista, mereció en 1970 –hace cincuenta años, que se dice pronto- una película de Luis Buñuel con nada menos que Catherine Deneuve en estrella: resulta indiscutible que, a la hora de encontrar quien personificase a sus mujeres, Galdós fue tan afortunado como se merecía. La historia, de nuevo en Madrid (en concreto, en Chamberí, el ensanche de entonces) vuelve a ser la de un trío, aunque ahora con dos hombres    –el viejo Lope Garrido, egoísta y ridículo, y el artista Horacio- y una mujer, Tristana Reluz, que no quiere ser propiedad de ninguno de ellos –una avanzadilla de la emancipación femenina- pero tiene la mala suerte de perder una pierna. La glosa de Clarín es muy breve, apenas unas líneas, para decir, sin entusiasmo alguno, que “no desmerece en lo esencial de las otras (obras de Galdós)”.

 

– Novelas de Torquemada hay cuatro, como todo el mundo sabe. O, mejor, una (“Torquemada en la higuera”, 1889) y luego la trilogía: “En la cruz” (1893), “En el purgatorio” (1894) y finalmente “y San Pedro” (1895). El protagonista es el burgués de aquel apellido, enriquecido a base de usura (la Ley de Azcárate, la segunda, aún tardaría un poco en llegar) y también la aristócrata Fidela, con quien concierta un matrimonio de interés mutuo, de los que se celebran entre el dinero viejo (y poco) y el nuevo (y mucho). Rafael Aguila no constituye un personaje menor y el Palacio de Gravelinas, en la calle de San Bernardo, es el lugar. Torquemada se acredita como uno de los grandes avaros de la historia de la literatura –y vaya que hay candidatos al puesto- y, como suele suceder, la historia termina mal, como si el autor quisiera mostrar que la justicia divina se muestra implacable y los ciclos acaban describiendo un bucle completo para volver al punto inicial. El hijo es un verdadero adefesio (“Salvaje, bruto, monstruo, …) y la pareja termina reventando, dicho sea de manera literal y no metafórica. Primero muere Fidela y luego el prestamista: “(…) de una indigestión; se le indigesta la comida y el oro”.

 

El autor lo describe, a los ojos de Clarín, como “un carácter fuerte, real, estudiado en sus variaciones, roces y movimientos en todas las esferas de una actividad social bien completa y concreta. Pasma observar la multitud de relaciones en que Galdós ha ido colocando a su gran tacaño; y así como se ha dicho que la paciencia es característica del genio, se puede notar el sello del genio también en este trabajo de pormenor variadísimo, pintoresco, minucioso, exacto, que sólo veo yo en tres grandes novelistas, épicos: Balzac, Zola, Galdós”. ¿En qué rasgo se fija el novelista para mostrar que el protagonista se va socializando o, por así decir, aculturizando con las capas más elevadas que la nada brillante que era la suya de origen? Sin duda, la manera de hablar, al modo de lo que sucede en el “Pigmalión” de George Bernard Shaw (y luego, por supuesto, en la película “My fair lady”). Clarín lo explica aplaudiendo “el inmenso trabajo de observación filológica, por decirlo así, que supone el estudio de las transformaciones del lenguaje y el estilo en el insigne prestamista”. Y, en la fase final, Alas se expresa en términos que acreditan que se ha reconciliado con Galdós, del que (aparte de volverlo a parangonar con Balzac, que para entonces ya no se encontraba en el mundo de los vivos desde hacía medio siglo) afirma que “todavía está en el apogeo de su fuerza creadora: nada de agotamiento, ni de cansancio, ni de manera, ni de repetición. Todo vigoroso, todo nuevo, todo fresco, todo imprevisto, y cada vez (con) más sabiduría en la composición, más fondo en las intenciones, más ciencia del mundo y de su reflejo el arte realista”.

 

– La serie de las novelas españolas contemporáneas, en su vertiente espiritualista, contó aún con tres trabajos: “Nazarín” (1895), “Halma” (1895 también) y “El abuelo” (1897).

 

De la primera de ellas baste ahora recordar (aparte de la película de Buñuel en 1959: la primera en el tiempo sobre novelas de Galdós) que tiene como protagonista a un sacerdote, Nazario, de origen manchego y que se dedica a recorrer el paupérrimo sur de Madrid practicando la caridad más desinteresada. Un santo hasta el punto casi del delirio, digno heredero de la tradición castellana de lo místico, hasta el grado de rozar con lo picaresco. Clarín expone que “Nazarín, el sacerdote algo irregularizado, vive para mortificación suya, y porque la miseria en que se complace le lleva naturalmente a ese medio, entre lo más perdido de la escoria humana, y alterna con la miseria scortum, la ramera más pervertida, ladrones, vagos de mil géneros, asesinos, etc., etc.”.

 

Y más: “Se ha comparado, no de un modo irreverente, sino por ciertas semejanzas en que cada mérito queda en su nivel propio, la historia de Nazarín que Galdós trae entre menos, con la historia del Ingenioso Hidalgo, Nazarín caballeresco, cual es Nazarín quijote religioso (mejor es decir aquí religioso que místico). También se ha hablado de la semejanza de Nazarín y San Ignacio de Loyola… y todos recordarán que también a San Ignacio se le llamó Quijote”.

 

Sobre “Halma”, en la que se basó Buñuel en su Viridiana de 1961, con la mexicana Silvia Pinal al frente del reparto hay que indicar que, aunque vuelve sobre lo mismo –la caridad individual, llena de nobleza pero condenada al fracaso-, lo hace cambiando de escenario –el medio rural- y de protagonista, que ahora es Catalina, la condesa de Halma-Laufenberg. Pero Clarín no pone los ojos en ella por sí misma, porque todo se le va en compararla con Nazarín.

 

El argumento de “El abuelo”, en fin, se ha hecho también muy conocido, sobre todo por haber dado lugar a cuatro adaptaciones cinematográficas (la última la del inolvidable Fernando Fernán Gómez en 1998). Lo es un viejo aristócrata, el conde de Albrit, otro indiano que retorna (desde el Perú, en concreto) y que se entera de que una de sus nietas –la hija de su hijo- no lo es, biológicamente hablando, porque la nuera se tomó sus licencias. La historia tiene sus idas y venidas, aunque termina, esta vez, sí, con un final feliz, nada usual en Galdós: “la única ley verdadera es la del amor”.

 

¿Qué opina Clarín? El parangón pasa a estar en Shakespeare, nada menos:

 

“El Rey Lear y Albrit (el Abuelo) son dos ancianos agotados y enfermos, pese a ciertos restos de antiguas energías”.

 

Pero distintos:

 

“Tal vez en el elemento legendario del que bebió Shakespeare no hay que cohonestar con honduras psicológicas la conducta pueril del rey que tan sin sentido divide su imperio y su cariño entre sus hijas; pero Shakespeare hay que leer más entre líneas. En efecto, bien se ve su hastío moral, su desdén para la vida activa, puramente mundana; y en medio de la profundidad y agudeza de su pensamiento, desequilibrios de la imaginación y mal concertadas influencias sentimentales. Sí, la primera desgracia de Lear no es la ingratitud de sus hijas, sino la triste decadencia de su espíritu; la puerta de su locura es su arbitrariedad en la abdicación y todo lo que sigue”.

 

En nuestro personaje las cosas son diferentes y para bien. “El León de Albrit prosigue propósitos menos disparatados; pobre, caído de su grandeza, se agarra su espíritu a lo que de la nobleza heredada no se va con los bienes materiales, su exaltación del sentimiento del honor, a lo caballeresco, está justificada. Albrit nunca llega a caer en las tinieblas de la locura de la misma manera que cae Lear”. Y ello sin perjuicio de que, por supuesto, “también, desde el primer momento, se ve allí postración, agotamiento moral, desequilibrio psíquico, y la exageración con que concita todos sus deseos, él, pobre viejo tan necesitado de otras cosas, a la dicha ideal de saber cuál de sus nietas es la legítima, no tendría justificación completa, si no viéramos su tal afán, parásito morboso, algo de la monomanía”.

 

Y a modo de conclusión:

 

“Como Lear, Albrit, a fuerza de dolor, pierde el juicio, y como Lear para toda su dicha en el amor de su descendencia. Lear ama y busca amor con relación a sus hijas, y Albrit ha perdido a su hijo y busca el amor de sus nietas.

 

Pero son dos, una legítima, otra bastarda; quiere saber cuál es la legítima para amarla a ella sola, y cuando descubre el misterio, ve que la otra, la hija de la deshonra, es la que merece su cariño y la que a él más le quiere. No habló la voz de la sangre, habló la voz del alma”.

 

Pero a Clarín, dicho se para concluir, tampoco le gusta el formato, por así decir. Ni la extensión, que se le antoja excesiva.

 

– Y, al final de todo, los “Episodios Nacionales”, de algunos de los cuales, de los de la Tercera Serie, escritos y publicados entre 1898 y 1900, se fueron haciendo por Clarín comentarios monográficos. “Mendizábal”, “Luchana” “La campaña del Maestrazgo”. “La estafeta romántica”, “Vergara”, “Montes de Oca”, “Los Ayacuchos” y “Bodas reales”. Todas ellas, como es notorio, con la primera guerra carlista como telón de fondo.

 

También resulta sabido que, a partir de 1906, Galdós retomó el trabajo y escribió una cuarta y una quinta serie, hasta llegar, en 1912, a Cánovas. Pero Leopoldo había muerto en 1901 y por tanto no pudo verlo. La reflexión general y de tono conclusivo (y de nuevo con un tono muy laudatorio para el autor: “El señor Galdós ha escrito, en el género más difícil y más agradable para nuestros días, la novela mejor pensada, más inspirada y de forma más bella de cuantas se han publicado en España en todo el siglo; esta novela se llama: Episodios Nacionales”) sólo se refiere, por tanto, a dicha tercera serie. Cuando el número total de novelas era de veinte.

 

Todo lo escrito en los últimos meses del siglo XIX con la pérdida de Cuba y Puerto Rico, está por supuesto imbuido de pesimismo: nos encontramos en pleno “desastre”, que además es privativo nuestro, porque –puro Larra- basta cruzar el Bidasoa y todo se vuelve estupendísimo. En efecto, de nuestro solar se predica que “sigue siendo aquella España en la que, según Fígaro, escribir para el público es recitar un monólogo en la soledad. Aquí el escritor concienzudo es, en efecto, un maníaco que habla solo. Los españoles leemos los anuncios de los libros en los periódicos y oímos a veces los bombos porque suenan mucho; pero los libros, ¿quién los lee? Nótese ahora que los Episodios constan de 20 tomos. Y, es claro, no hay 20 españoles que hayan leído 20 tomos en su vida”. Y eso sin contar con lo diferente de los reconocimientos oficiales en una y otra de las orillas: “En Francia se va a levantar una estatua a Flaubert, un novelista, aquí a un novelista se le ofrece una cruz, o mejor una encomienda de Carlos III”.

 

Llega la hora de poner punto final a estas modestas líneas, con objeto último en las relaciones, personales incluso, entre los dos maestros, en las que sin duda debió haber altibajos. En las cuales, por supuesto, no faltó reciprocidad. Que Galdós apreciaba muchísimo a Clarín lo acredita el hecho de que la segunda edición de “La regenta”, que se puso a la venta el 27 de mayo de 1901, contó con un prólogo del primero de ellos y lleno de aplausos: “Picaresca es en cierto modo La regenta, lo que no excluye en ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la descripción acertada de los más graves estados del alma humana. Y al propio tiempo, ¡qué feliz aleación de las bromas y las veras, fundidas juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresión equívoca ni en la gravedad socarrona! Y, una vez más, con lamentación por lo poco que en estos pagos se retribuye a la gente de letras: a “la literatura oficial” se le reprocha estar “en apremiante deuda con Leopoldo Alas”.

 

Pero no hubo tiempo para saldarla. Ni tan siquiera un mes más tarde, el 13 de junio, moría el cronista en su Oviedo del alma. Galdós tendría, biológicamente hablando, un poco más de suerte: se estiró hasta el 4 de enero de 1920. Pero, vistas las cosas un siglo más tarde –un siglo con mucho trajín: la crisis de la restauración, la Dictadura, la República, Franco, la transición, la partitocracia constitucional de 1978, sus achaques-, tiene uno la impresión de que, aunque hoy comemos mejor, todo ha sido poco más que movimientos superficiales (espectaculares y aun virulentos, sí, pero superficiales) en unas aguas que continúan estancadas. Y sin ignorar que hoy nos cabe el consuelo que, desde el punto de vista intelectual –o sea, las mentalidades dominantes, por así decir-, no somos distintos que los demás en el mundo: nuestros virus –el populismo y el nacionalismo- no son privativos. La igualdad se ha alcanzado, sólo que (como suele suceder) por abajo.

 

Vuelvo a las reflexiones de Mario Vargas Llosa en el acto de homenaje a la memoria de su paisano y colega José Miguel Oviedo. El oficio de crítico literario merece mayor consideración, aunque sólo fuera porque Clarín lo ejerció nada menos que sobre Galdós. ¡Y cómo!

 

 

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Antonio Jiménez-Blanco Carrillo de Albornoz

Catedrático de Derecho administrativo en la Universidad Politécnica de Madrid. Letrado de las Cortes Generales desde 1981 (actualmente en excedencia). Consultor de Allen & Overy Madrid desde 2001.

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