Las Concentraciones empresariales vuelven a estar de moda. Se oye hablar de la fusión de Deutsche Telekom y Orange para tener un líder europeo en las telecomunicaciones; de los posibles acuerdos que engloben al BBVA, Bankia y el Sabadell e uniones a dos para ganar el mercado nacional. El mantra es siempre el mismo, se considera que es preciso para ganar estabilidad y acometer inversiones; posiblemente sobre todo resulte una cuestión de poder.

Las big tech, las cuatro grandes estadounidenses, Google, Apple, Facebook y Amazon constituyen el gran paradigma de la gran compañía vinculadas al ámbito tecnológico. No se debe olvidar el peso de Alibaba y Tencent, las dos compañías chinas que están a un nivel parecido al de las cuatro anteriormente citadas. Compañías que hoy son demasiado grandes para caer, que acumulan información y datos sobre buena parte de la ciudadanía, que disponen del aura tecnológico y que hablan en una situación de igualdad a los gobiernos. 

Disponen de un poder que incide hasta en los resultados de los procesos electorales y en su calidad democrática. Los sucesos ocurridos en las elecciones estadounidenses nos permiten ver hasta dónde llega su capacidad de influencia. Es relevante ver el interrogatorio que hizo Alexandra Ocasio-Cortez a Mark Zuckerberg en el Congreso de los Estados Unidos. 

Con ello, este tipo de compañías tienen motivos para entrar en la primera línea del debate político en EEUU por la propuesta de la Senadora candidata demócrata a la presidencia Elisabeth Warren de dividirlas. Un debate que no debe hurtar otro del que se habla aún, el del papel del Estado en la gestión de esos datos personales y su utilización para el interés general.

Una situación preocupante, sobre todo para nuestra calidad democrática.

AHORA BIEN, ¿CUÁL SERÁ EL SIGUIENTE PASO DE LAS BIG TECH?

El peso actualmente lo he situado en la perspectiva política, sobre todo por la influencia que en este campo ha adquirido Facebook desde el affaire de Cambridge Analítica y su actuación general en relación con las fake news y su forma de propagarla. No obstante, hay que abordar cuál es la evolución económica de las Big Tech y cuál es el lugar que quieren ocupara en el ámbito económico.

Recientemente, Mozorov nos alertaba de forma genérica sobre la relación entre las Big Tech y el poder financiero, una relación que no debe olvidar la vertiente de la industria militar y cómo pueden servir para el mantenimiento del poder de los EE.UU. Desde un punto de vista económico, se trata de na relación que servía para paliar las pérdidas de aquellas y para incrementar un poder recíproco. Creo que es algo que, sin embargo, va mucho más allá.

De entrada, hay un problema global de la localización fiscal de los beneficios de las Big Tech. No sólo es el peso de los paraísos fiscales sino también de dónde localizan los impuestos que realmente pagan. La tasa Google francesa o el impuesto tecnológico que se quiere implantar en España se dirige realmente a este problema: que se tribute allá donde se obtienen los beneficios. Pero éste no es el siguiente paso de las Big Tech. 

Afecta a la diversificación de las actividades que desarrolla.

En los últimos tiempos observamos cómo las big tech han entrado en los mercados financieros ofreciendo servicios de esta naturaleza. Y no estoy hablando de la pasarela de pago que hay en los móviles y que constituyen un elemento de comodidad del usuario.

Apple y su tarjeta de crédito con el respaldo de Goldman Sachs; Google y su acuerdo equivalente con Citigroup Amazon y Alibaba han firmado un acuerdo con JP Morgan para la prestación de servicios que llegarían incluso a las hipotecas. Facebook incluso ha involucrado a Visa y Mastercard en una Criptomoneda, sustituyendo el papel central del estado. Una relación que creará relaciones bancarias virtuales a través de acuerdos que permitirán reducir el coste de los servicios. De esta relación, aparentemente la de Amazon parece que está bastante más avanzada.

La estructura que tienen las Big Tech les permite una reducción de las barreras de acceso para la provisión de servicios financieros. Pueden reducir los costes de transacción y de información y, por ello, pueden mejorar la inclusión financiera. Todo ello, incorporando nuevos riesgos.

¿SERÁN LAS BIG TECH LOS BANCOS DEL FUTURO?

Nada más lejos de su intención, si hacemos el análisis desde un punto jurídico formal. No quieren ser bancos. La constitución de un banco tradicional conlleva un conjunto grande de recursos para hacer frente a las eventuales responsabilidades y están sometidos, incluso en los Estados Unidos, a una regulación bastante estricta. Son, en el fondo, las exigencias del Comité de Basilea que están extendidas de una u otra forma por todo el mundo.

Pero sí quieren ser actores principales de los mercados financieros. La pretensión de los actores de este tipo de negocios financieros se sitúa en otro punto: son los servicios financieros desregulados y que escapan, en consecuencia, a las exigencias de las entidades bancarias. Para los bancos, la colaboración con las Big Tech acaba constituyendo una escapatoria en un contexto de tipos de interés tendientes a cero y en donde el mundo plataforma característico de la cuarta revolución industrial puede ser una salida. Para las Big Tech es una forma de ampliar su ámbito de negocio y de beneficios, en donde algunos actores como Amazon o Alibaba disponen de una ingente información sobre los hábitos de consumo de la ciudadanía y para la que disponen, además, de su marketplace. Una jugada aparentemente perfecta.

Perfecta salvo para el interés general, tal como ya ha empezado a alertar el Consejo de Estabilidad Financiera, en su informe de febrero de este año, aunque volcado más en el efecto que puede tener sobre los beneficios del sector financiero y como causa de cierto tipo de inestabilidad y de dificultades. 

Es por ello que, como se ha dicho antes, la realidad se mueve en la cooperación entre ambos tipos de entidades.

¿ESTAMOS ANTE UNA NUEVA VERTIENTE DEL SHADOW BANKING?

El problema, de nuevo, se sitúa en que con este tipo de actividad nos encontramos ante el shadow banking, la banca en la sombra que tanta importancia tuvo en la crisis que se originó en Estados Unidos en 2008. 

Soy consciente de que no entra en lo que tradicionalmente se entiende como shadow banking. Normalmente, se suelen encuadrar dentro de esta figura la banca de inversión, los fondos especulativos (hedge funds), los fondos de inversión (fondos, de pensiones, sociedades de seguros), fondos de private equity y los mecanismos especiales de inversión). 

Ahora bien, desde el momento en que se puede encuadrar dentro del grupo de los instrumentos y prácticas financieras que circulan en paralelo a las entidades financieras tradicionales y que, por ello, no tienen esta consideración de producto bancario, deberían tener esta consideración. De hecho, con el shadow banking, en el fondo, lo que se está haciendo referencia es a un resultado, la salida de ciertas prácticas comerciales de los circuitos bancarios tradicionales, exactamente igual que está ocurriendo con esta unión de Big Tech y banca.

La nueva aparición de esta gran banca en la sombra es mucho más relevante. En aquel momento se articuló sobre una serie de productos que cayeron fuera de la regulación por la desregulación que se produjo en los EE.UU. Ahora estamos asistiendo a un cambio de modelo del sistema financiero en donde se acabará llegando a un mix entre bancos y no bancos, con relaciones recíprocas y en los que previsiblemente triunfarán serán los que tengan una mayor adaptabilidad. 

La regulación puede jugar, aparentemente, en contra de los bancos, ya que tienen que cumplir con exigentes requisitos, reduciendo su flexibilidad y adaptabilidad lo cual es, al mismo tiempo, una garantía frente a la asunción de riesgos indebidos. Un problema que no tendrán las Big Tech actuando al lado del sector bancario pero como agente financiero. De nuevo aquí nos encontramos con los cambios en el consumidor que está buscando y encontrando créditos en entidades externas a los bancos tradicionales.

¿NUEVAS EXIGENCIAS REGULATORIAS?

El problema que aparece es el de la aplicación del principio de “misma actividad, misma regulación”. No es exactamente la misma, pero realmente la sustancia es similar. El brocado se debería aplicar… igual que a otras actividades o a otros sectores de la banca, por cierto. Ya el mero dato del tipo de autorización que habría que solicitar es una decisión compleja, sobre todo teniendo en cuenta los riesgos de deslocalización de actividades.

Más aún, no sólo estamos hablando de una regulación similar. Estamos hablando de incorporar nuevos elementos regulatorios, como por ejemplo, un especial cuidado en la protección de datos personales, un aspecto que se verá afectado por la existencia en los mercados financieros de actores que recolectan datos sobre todas nuestras actividades. El riesgo de un social score derivado del cruce de datos entre nuestras búsquedas en internet y la accesibilidad a los productos financieros, realizado por los nuevos operadores, es demasiado grande.

Pero, al mismo tiempo, la combinación entre Big Tech y grandes bancos no puede ser dejada sin ordenación. Hay riesgos muy considerables desde la perspectiva del Derecho de la competencia.

Ello por no hablar del problema institucional de la regulación.Tal como se puede plantear tres serían los reguladores, con principios que pueden ser diferentes: los de protección de datos, los de mercados financieros y los de competencia (que incluso pueden ser especiales o generales, dependiendo de los países).

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