Hace unos años, una conocida pidió que se le recomendaran novelas negras escritas por mujeres cuyo protagonista fuera también una mujer. Vinieron a la cabeza libros escritos por mujeres, como los de (la sobrevalorada) Camila Lackberg, Fred Vargas y su comisario Adamsberg, la poco conocida en España Karim Fossum (con su inspector Sajer), la exministra de Justicia de Noruega, Anne Holt que también tenía un protagonista masculino, Inger Johanne Vik o, en fin, Donna Leon y su Comissario Brunetti.

Sólo se daba la doble coincidencia a la que aludía al comienzo Asa Larsson que creó a la abogada/investigadora Rebecka Martinsson; en el de las novelas de la bonaerense Florencia Etxeves que creó a la agente Manuela Pelari o en la comisaria Klementyna Kopp de la novelista polaca  Katarzyna Puzynska. No son muchos los casos.

 En “La novia gitana” de Carmen Mola se daría esta circunstancia, ya que la protagonista es la Inspectora Elena Blanco. La primera sorpresa que depara el libro es que quien lo haya escrito lo ha publicado con pseudónimo y hasta ahora sólo sabemos que ha escrito una excelente novela.

Excelente, sí. Para mí un libro renovador en novela negra. No es un mero libro sobre crímenes que hay que resolver. Es algo más, algo más de la brutalidad de la violencia que se despliega a lo largo del libro.

Una obra que aúna los tópicos sobre los gitanos y sus comportamientos y tradiciones, la pederastia; una religión más antigua que el cristianismo cuyos ritos son incorporados para unos crímenes brutales; manipulaciones de pruebas por la policía, errores judiciales, y elementos relativamente novedosos, como el Deep web y los snuff movies; o la utilización de gusanos barrenadores como vehículo para el crimen. Una novela en la que aparece el alzeihmer como elemento que distorsiona la investigación.

Una inspectora amante del sexo en todoterrenos, la grappa italiana y el karaoke que está atenazada por un drama familiar es la que ha de intentar resolver el crimen de las hermanas gitanas; crímenes en los que se envuelve más de la cuenta. Crímenes que le acaban conectando con su drama personal.

Es una novela que no está hecha para espíritus sensibles. La recreación de la violencia sólo recuerda las novelas de Pierre Lamaitre y es una constante a lo largo de todo el libro. Bien traída pero brutal. Pero por encima de la violencia aparente, la de los crímenes, hay dramas personales profundos que condicionan toda la resolución del caso.

Caso resuelto pero que nos conecta con la siguiente novela, “La red púrpura”.