La reunión del G20 celebrada en Buenos Aires ha concluido con resultados tan decepcionantes como esperados; algo que resulta consecuencia de su evolución y de las perspectivas globales actuales.

Veamos los aspectos sustantivos.

¿Qué es el G20?

Nunca ha sido una organización internacional sino que es un mero instrumento de cooperación y coordinación de políticas económicas y fiscales. De hecho su aparato administrativo, aunque creciente, sigue siendo exiguo.

 Teóricamente, sus funciones abarcan la estabilización de los tipos de cambio, la coordinación de la política fiscal y monetaria así como la ordenación principal de diversos aspectos de los mercados financieros. Entra dentro del grupo de los grandes organizadores de la arquitectura del sistema global en cuanto a la ordenación económica. 

La cumbre de líderes que se ha desarrollado estos días es el resultado de una intensa actividad ministerial y de los denominados sherpas (dedicados a temas no financieros, como el compromiso político, la lucha contra la corrupción, el desarrollo, la igualdad de género, el comercio y energía, entre otros) y sobre todo del canal de finanzas (dedicado a la colaboración global en políticas financieras y monetarias, tales como inversión en infraestructura, política fiscal, inclusión y regulación financiera) que van preparando el consenso para que haya un mínimo acuerdo final satisfactorio. 84 reuniones de trabajo, 28 reuniones de finanzas, 14 ministeriales y 7 cumbres de los grupos de afinidad (en los que participa la sociedad civil) han precedido la reunión de este fin de semana.  En esta línea ha habido 11 declaraciones consensuadas que han puesto algunos mimbres.

¿Quienes componen el G20?

Aunque tiene un origen anterior (realmente es una derivación de la decisión el 25 de septiembre de 1999 en una reunión de ministros de Finanzas del G7) G20 surgió como una derivación del G8 durante la crisis económica como mecanismo para involucrar a un mayor número de países en las vías de solución de aquélla. Forman parte 19 Estados (Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Rusia, Reino Unido, Sudáfrica y Turquía) y la Unión Europea. 

España es invitado permanente.

Participaron, además, los países que presiden organizaciones regionales como la Unión Africana, la Nueva Alianza para el Desarrollo de África y la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático; lo que se ha traducido en la presencia de Ruanda, Senegal y Singapur, respectivamente. Argentina ha invitado a Chile y a la Comunidad del Caribe (CARICOM), representada por Jamaica.

¿Qué trayectoria ha seguido desde 2007?

En los años de la crisis era un instrumento lógico para enviar mensajes a “los mercados”; teniendo en cuenta su peso económico y económico (representan el 85% del producto bruto global, 66% de la población mundial y el 75% del comercio internacional). Unos mensajes cuyo contenido, dentro de la imprecisión normal en este tipo de reuniones, marcaban pautas generales en las que había cierto consenso. Se puede decir que, frente a una crisis global, tenía su utilidad.

Hoy las cosas han cambiado. 

¿Qué podemos señalar de la última cumbre de Buenos Aires?

La cumbre de Buenos Aires ha tenido, en mi opinión, más sombras que luces. Por los gestos, por lo que se dice y por lo que se omite.

Nos podemos fijar en el representante de Arabia Saudí, al que unos castigaban en la esquina de la foto y le negaban el saludo por la muerte del periodista Khashoggi (como si no hubiera problemas similares previamente, que no importaron a nadie y los seguirá habiendo en el futuro) y otros con menos complejos y escrúpulos lo abrazaban entusiastas (como Putin y Trump).

La presencia de Trump, su apuesta contra el multilaterialismo y el proteccionismo, hace inviable cualquier forma de acuerdo. De hecho, es paradójico que aparezca en las conclusiones el diseño estadounidense frente al Acuerdo de París. Pero ni siquiera en otros aspectos de comercio global es posible consensuar cuándo estamos en medio de una guerra comercial (la que motivó reunión entre Trump y Xi Jinping en la que acordaron que dentro de 100 días se pensarán si incrementan las hostilidades).

Cuando se leen las conclusiones se ven cosas curiosas. Hay que reformar la OMC, se afirma. Algo en lo que se puede estar de acuerdo si tenemos en cuenta que va camino de su desaparición por su evolución mortecina. Curioso cuando la mayor parte de los integrantes de la OMC estaban representados en el G20, son causa de su crisis y no han manifestado ninguna voluntad de solucionarlo. En todo caso, remiten a la sesión de Japón del próximo año. Todo ello a pesar de la relevancia que le dan al comercio internacional, reconocida en las conclusiones. Sobre esta cuestión, volveremos en el futuro en Global Politics and Law.

Es frustrante, por lo cínico, lo señalado sobre los paraísos fiscales y los mecanismos de transferencia de información. Desde esta perspectiva, más allá de la declaración formal (muy alejada de la que se realizó en tiempos, en la cumbre de Londres) el problema sigue siendo el mismo. La voluntad por la competencia brutal entre ordenamientos jurídicos, entre Administraciones públicas conduce a la creación de paraísos fiscales interiores (tal como tiene la Unión Europea en Luxemburgo, Holanda, Chipre o Irlanda, entre otros; o Estados Unidos en Nevada o Delaware) o exteriores (como tienen el Reino Unido u Holanda a lo largo del globo). No hay interés en su eliminación y las reducciones de los listados que se han venido haciendo conducen a dicha conclusión.

Es lamentable lo que se indica sobre la fortaleza y seguridad del sistema financiero. No tanto por lo que se afirma sino porque siguen existiendo dos modelos (uno más regulador -el de la Europa continental frente al de EE.UU. y el Reino Unido) en los que no es posible el consenso. Pero, sobre todo, es el problema de la banca en la sombra, el shadow banking, que está detrás de la crisis de 2007. No se ha limitado las actividades que pueden realizar y se puede decir que cambiar el negocio pero no los riesgos.

He citado tres problemas puntuales sobre los que la cumbre tenía que haberse pronunciado tajantemente y haber un consenso de protección del interés general que está lejos de obtenerse. Hay lindas declaraciones más retóricas que prácticas en materia de derechos de los trabajadores o de protección de la mujer o de los riesgos de la cuarta revolución industrial.