MUJERES REFUGIADAS. La situación del refugio sigue siendo uno de los problemas humanitarios más graves de este mundo globalizado. Una situación de refugio que lejos de decrecer aumenta o se mantiene teniendo en cuenta la gravedad de algunos conflictos y su pervivencia en el tiempo. 

La situación del refugio es preocupante por su intensidad.

En este contexto, el género es un factor que contribuye a empeorar la situación del refugio. Es peor ser refugiada que refugiado e incluso se puede ser refugiada por el mero hecho de ser mujer y querer ejercer derechos fundamentales básicos. Y con un número de afectadas considerable: En 2015, las mujeres y las niñas suponían el 47% de la población refugiada.

Empecemos por esto último: No solo es más duro ser refugiada siendo mujer, también se puede ser refugiada por ser mujer. Luchar contra situaciones de violencia de género; huir del matrimonio forzado, situaciones de ese horror que es la mutilación genital, otros delitos contra la integridad sexual como la esterilización y el aborto selectivo son causa de refugio; como lo son aspectos desconocidos para los hombres como los crímenes de honor, Qué decir, en fin, de la trata de personas con fines de explotación sexual. Todos ellos son factores que contribuyen a que nos encontremos ante personas refugiadas por género. Por ser mujer. Algo que sólo algunos colectivos LGTB tienen que padecer, pero que desde luego no es común entre los hombres.

Pero el refugio es un elemento que, a su vez, conduce a que en el caso de las mujeres sea aún peor que el de los hombres. Esto es, juega también como un elemento de agravamiento de una situación lamentable pero actual. Exigencias continuas de transacciones sexuales para obtener seguridad y ayuda; situaciones de inseguridad y agresiones sexuales y, en general, actos de violencia de género contra las mujeres son circunstancias que son demasiado cotidianas. En ocasiones, además, siendo viudas y con hijos pequeños que padecen también el mismo calvario.

Ante estas situaciones hay datos que hacen que las Administraciones públicas debieran pensar si su comportamiento es correcto. De hecho, no hay datos suficientes para determinar la magnitud exacta de este problema. No es sólo un problema global, sino que resulta llamativo en ámbitos como el europeo en el que la Agencia para la Protección Fundamental de la Unión Europea ha señalado estos elementos.

Pero también nos encontramos que, por ejemplo, ante el hecho de que el 95% de las refugiadas en Italia hayan padecido violencia de género, usualmente en más de una ocasión. Y que el el 30% de las que han llegado embarazadas lo son como consecuencia de estas situaciones de violencia de género. No hay, sin embargo, mecanismos adecuados para  paliar estas situaciones de estrés y de trauma provocados durante la situación de huida antes de transformarse en refugiados.

La propia petición del refugio sigue siendo problemática. Y no suele existir demasiada empatía ante los casos en los que se solicita el refugio como consecuencia de problemas específicos de ser mujer. 

Y todo ello en un contexto en el que políticamente no se está dando la respuesta adecuada. Los populismos de extrema derecha proliferan en Europa y América y con ellos las situaciones de refugio pasan a ser sus objetivos. Eso sí, si cogemos datos estadísticos, ningún país europeo ni americano es destino preferente de las situaciones de refugio. Turquia -con el vergonzoso acuerdo de la Unión Europea-, Pakistan, Libano, Iran, Etipoia, Jordania, Kenia, Uganda, Congo o Chad están antes que Alemania o Estados Unidos. Es cierto que Alemania es la que ha acogido en Europa más refiguados, posiblemente también como una inversión de futuro ante la caída demográfica.

Por ello, la utilización demagógica del debate sobre los refugiados debería desaparecer del debate púbico. Y afrontar la situación general de este colectivo y las peculiaridades que tienen las mujeres que se encuentran en ella.