Himno y bandera. España tiene problema con su himno. Desde luego, no con el hecho de que La marcha de Granaderos haya venido siendo desde 1770 de facto o de iure el himno del país, excepto en el periodo 1931-1939. Un observador imparcial vería que no resiste ninguna comparación con la Marsellesa o con el himno ruso, o con el italiano; por citar tres. La marcha de los granaderos no seduce y no incita más que al “la, la, la” de los partidos de la selección española. Lejos estamos, desde luego, de momentos como los que ocurren  en cualquier partido de la selección francesa de rugby con todo el Stade de France cantando a capela la Marsellesa

La marcha de granaderos, nuestro himno, encuentra su regulación en el Real Decreto 1560/1997, de 10 de octubre, por el que se regula el Himno Nacional. Si queremos citar aspectos curiosos, hasta 1998 no se obtuvieron los derechos del himno, tal como se recoge en el Real Decreto 2027/1998, de 18 de septiembre, de aceptación de la cesión gratuita efectuada por el maestro don Francisco Grau Vergara de los derechos de explotación por la revisión y orquestación del Himno Nacional y atribución de la administración de tales derechos al Ministerio de Educación y Cultura. Dos Reales Decretos que no sirven para paliar sus carencias.

La ausencia de letra ha intentado ser solucionado en diversas ocasiones. Las dos más conocidas son la de Jose María Pemán (que hizo una versión franquista que es aún peor que ir sólo con la música y que refuerza a la mitad vencedora de la guerra civil) y la reciente de Marta Sánchez quien hace unos pocos días, ha hecho una versión ñoña y patética que, sin embargo, ha recibido los parabienes de Rajoy y Rivera, los nuevos adalides del nacionalismo español, que compiten para ver quién defiende mejor a España.  Desde luego a la cantante, que no pasa por su mejor momento musical, le ha venido bien para recuperar primeras páginas de medios de comunicación. Algunos dirán que es oportunista ahora que ha vuelto de Miami.

Desde luego, no resiste la comparación con la Marsellesa, ni de lejos. Más vale quedarse como estamos y pensarse un poco tanto hacer una versión como ésta, como, siendo el presidente del Gobierno, apoyarlo.  En tiempos en los que no había que competir con nadie por ver quién era más español no le preocupaba demasiado esta cuestión. Hoy es cuestión de Estado y alguno, como González Pons, quiere que se cante en la Final de la Copa y otros, como el Ministro Méndez de Vigo, pide el teléfono de la cantante.

España tiene, además, problemas con la bandera. Durante el siglo XIXI cambiamos muchas veces su composición, aunque sea jugando con el rojo y el amarillo, sin que consiguiera asentarse. Tanto que desde 1936 fue objeto de peleas entre los republicanos y los nacionales para ver cuál obtenía mayor legitimidad. Hoy es un debate abierto y, más allá de lo que diga la Constitución, la republicana sigue teniendo muchos adeptos.

En 1978 España cometió el error de no cambiar sus símbolos; que en el fondo es el problema esencial que plantea el himno. Superar los 40 años de franquismo y hacer un Estado nuevo hubiera merecido que la bandera y el himno fueran diferentes, como depuradores de los vicios del pasado y para la construcción de un país distinto. Sudáfrica lo hizo así cuando terminó el apartheid y hoy son símbolos reales de unidad del país.

En todo caso, en el momento actual de exaltaciones nacionalistas, más vale no tocar nada, porque podemos caer en excesos. De hecho, esta versión de Marta Sanchez, más parece otro intento más de desviar la atención pública hacia aspectos folclóricos que limitan el debate sobre los problemas reales del país, el paro, la desindustrialización, las pensiones, la educación, la investigación, la desigualdad… y la corrupción.