Cataluña y España, fractura social

La fractura catalana y la fractura española

Cataluña y España, fractura social. La cuestión catalana está conduciendo a la fractura de la sociedad catalana, algo que es conocido. Incluso podemos señalar que conduce también a cierto tipo de fractura entre Cataluña y España. Una fractura que está muy ejemplificada en la dificultad del diálogo entre el Gobierno y la Generalidad de Cataluña.

La realidad es que, al igual que pasa con las enfermedades, se ha propagado y dispersado por todo el territorio español, entre ciudadanos españoles, que en principio, su relación con Cataluña es como meros ciudadanos españoles sin vínculos personales con Cataluña. Algo que podemos percibir en las relaciones personales y grupales, incluso en la proliferación de banderas que no tienden a la convivencia sino a la supremacía de la una sobre la otra.  Al igual que se percibe en un debate político que no se está desarrollando en términos de normalidad en el diálogo, que ha llegado a exclusiones poco razonables para la gravedad del problema que tenemos.

Esta es la gran responsabilidad política que tienen los dirigentes: haber permitido una fractura social por haber permitido que los términos del debate lleguen hasta aquí, que costará tiempo en cicatrizar.

La fractura revela comportamientos poco habituados al debate y a la discrepancia y la discusión con ideas distintas en donde, acaso, la diferencia resulte de matiz. Acaban resultado poco democráticos en el sentido de que se acepta mal la discrepancia, no se acepta la aceptación de la existencia de posturas contrapuestas y se concluye en una sucesión de monólogos de voz cada vez más alta. Se intenta defender enfáticamente la posición propia sin plantearse que es una y que el interlocutor merece un respeto a su propia posición. Especialmente cuando nos encontramos en organizaciones. Empatía. Es, en definitiva, la carencia de educación para la ciudadanía, de educación para convivencia en democracia.

Falta de aceptación de la discrepancia impulsada por el comportamiento poco ejemplar de los políticos que se están distinguiendo por su falta total de diálogo. No es un ataque de buenismo hacer referencia al diálogo. Es un llamamiento a la responsabilidad cuando de lo que se trata es de una discusión entre posturas ideológicas que resultan legítimas. Legítimas tal como se nos vino diciendo reiteradamente durante los duros tiempos del plomo.

El diálogo se transforma en necesario para impulsar la solución del caso catalán. No, aquí no estamos hablando de resolver la DUI de mañana o los términos de la aplicación del artículo 155. Son cuestiones demasiado pequeñas y cuyos efectos son discutibles. Estamos hablando de un proyecto de convivencia para el país para los próximos treinta años. Ya sabemos que se ha vulnerado la Constitución, ya sabemos que se ha excedido la aplicación de la ley. Lo que se trata es de ver qué solución proporcionamos a ello. Una solución que si queremos que sirva para la convivencia no puede tener vencedores ni vencidos.

Un proyecto de convivencia que parte de la diversidad que hoy hay en la Constitución. ¿Qué son sino los fueros navarros y vascos y sus cupos sino una manifestación de la España plural, aceptada por todos en 1978? Esta diversidad constitucional pasó a la distinción entre los diferentes Estatutos de autonomía y que no es sino la exteriorización de la diversidad que hay en el país.

Una diversidad que existe, además, en el interior de cada Comunidad autónoma cuando la integración de culturas, razas, religiones y sentimientos es común y debe interiorizarse como tal. Un debate, en definitiva, en el que la bandera separa y confronta. Dicho de otro modo, esto no puede ser una lucha de nacionalismos sino una discusión serena sobre qué país queremos. Podemos recuperar aquí lo señalado por Zweig hace casi un siglo sobre el peso de los nacionalismo y las consecuencias que tienen, en unas reflexiones sobre Europa pero que hoy son válidas en España « La folie des nationalités explique pourquoi les peuples européens sont devenus de plus en plus étrangers les uns aux autres, et cette pathologique ignorance réciproque dure encore aujourd’hui ; elle a porté au pinacle des politiciens à la vue courte et à la main leste, qui ne se doutent même pas que leur politique de désunion ne peut être nécessairement qu’un intermède… On feint de ne pas voir… Les signes qui annoncent avec le plus d’évidence que l’Europe peut s’unifier. »

El mundo global hace que, además, el debate sobre la identidad estatal y nacional -que no tienen relación directa necesaria- pierda parte de su sentido, cuando, por tomar un dato, el ochenta por ciento de nuestra normativa tiene un origen europeo.

Pero la idea de España, al igual que con la idea de Europa, no es en el momento actual ideas que resulten primarias en su composición presente. Nuestra España no es, no puede ser la misma que la del siglo pasado, aunque resulte sólo por las consecuencias humanas de la globalización y el intercambio incesante de personas y culturas. Los valores que edifiquen el país se han de construir a diario a partir de la cultura, de la educación en valores democráticos y del ejercicio del diálogo. La discrepancia enriquece, la confrontación empobrece.

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