Dos noticias aparecidas respectivamente en eldiario.es y en El PAIS reflejan cuál es el sentimiento actual en la Moncloa: pánico ante lo que pueda ocurrir el día 1 de octubre. Pánico a que se celebre el referéndum, pánico a que reúna los requisitos internacionalmente aceptados para que tenga validez. Vayamos por partes.

Eldiario.es publica hoy una encuesta en la que se señala que aproximadamente un 60% de los censados en Cataluña tiene intención de ir a votar y que aproximadamente un 60% de los votantes lo haría en sentido afirmativo a la independencia. Justo los porcentajes que se exigen de forma generalizada para que el referéndum tenga validez.

 

Referendum Cataluña

 

Si estos datos se correspondieran con el resultado del 1-O, el fracaso de la estrategia de Rajoy sería monumental y quedaría ante la historia como el Presidente del Gobierno que olvidó la política para resolver el problema catalán. Su papel histórico sería similar al de David Cameron en el Reino Unido.

Utilizando el derecho como única arma de discusión de las intenciones de las instituciones catalanas, quedando ante la opinión pública catalana como un Gobierno que restringe el ejercicio de derecho voto habría movilizado a los que quieren ejercer el “derecho a decidir” en el doble sentido de ir a votar y hacerlo a favor de la independencia. Una movilización que se puede incrementar por la intervención económica de facto del Gobierno de la Comunidad autónoma a través de un mecanismo de naturaleza presupuestaria, al que me referiré mañana. Esto no es un problema de carácter jurídico sino político. Recurrir cada acto no conduce a ningún sitio porque el sentimiento de querer votar sigue ahí.

La estrategia del PP de fiarlo todo al resultado de los recursos judiciales es errónea, como ya señalé en otra ocasión: se ganan sucesivamente todos los recursos y el problema sigue ahí. Aplicar sólo el derecho no resuelve el problema. Si tiene alguna virtualidad es que cada recurso añade un elemento complementario a los agravios que tiene parte de la población catalana con el PP por su actitud antes del Estatut, durante su tramitación y con posterioridad. A ello se añadiría todo lo ocurrido desde la gran diana de 2012 en donde se ha obviado el hacer política para solucionar la cuestión catalana. El porcentaje de votos en contra sería, además, de solamente la mitad de los votos a favor. Fuera de España se puede considerar incuestionable.

Y, desde luego, si utilizara el artículo 155 y suspendiera la autonomía catalana, en mi opinión no haría sino incrementar el porcentaje de personas que acudiría a votar sí. Si materialmente no se pudiera votar, suspender la autonomía sería el gran regalo para el independentismo para obtener un gran resultado electoral en la primeras elecciones que se hagan una vez se recupere la autonomía. Porque indefinidamente no se puede estar sin ella, salvo que se quiera un estallido social.

El resultado de la encuesta -y alguna parecida debe tener el Gobierno- me parece contable con la noticia de EL PAIS, que pone el ojo en la ofensiva internacional de Rajoy para paliar la transcendencia internacional del referéndum.  Se trataría de que el día 1-O, si se materializan esos resultados y Puigdemont realiza una Declaración Unilateral de Independencia no pase nada internacionalmente. Con ello, piensa, se terminaría el problema ya que la independencia catalana carece de resultado en donde ha de manifestarse, hacia el exterior.

Posiblemente Rajoy deba tener presente lo ocurrido con Eslovenia, en junio de 1991. Se declaró independiente a pesar de que unos días antes los EE.UU. y los doce Estados miembros de la Unión Europea de entonces dijeron que no reconocerían el nuevo Estado. El Presidente de la Comisión europea, Jacques Delors declaró que no entraría en la Unión. El Parlamento yugoslavo dio carta blanca para realizar cualquier acción que pudiera impedir la modificación de las fronteras yugoslavas. El resultado fue la llamada “Guerra de los 10 días”, que esperemos que no ocurra en España.

Pese a todo lo anterior, en 2008 Eslovenia presidió la Unión Europea. Dicho de otro modo, nada de lo que se dijo antes y en los días sucesivos tuvo transcendencia.

Rajoy sigue sin hacer política para ganar el referéndum. Sigue diciendo a los suyos, que mayoritariamente votarían que no, que se queden en casa y que dejen a los partidarios del sí resolver esta cuestión, como si no fuese con ellos. En Madrid se sigue sin ver que el día 1 de octubre puede ocurrir una consulta con una apariencia suficiente de legitimidad como para que el resultado sea incuestionable nacional e internacionalmente. Será, sin duda, un gran fracaso colectivo, del país. Y paradójicamente, el gran defensor de la “indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” será el que, por su hacer y no hacer, consciente e inconsciente, por su falta de estrategia política, será el mayor responsable de que España tenga dieciséis Comunidades Autónomas.

Por ello, posiblemente sea el momento de que en el Palacio de la  Moncloa empiecen a ver que lo mejor es celebrar una consulta que reúna las condiciones internacionales, en las que se convoque a la gente a votar y que los que están en contra de la independencia participen. Una idea en la que, después de la Diada, llevan insistiendo los medios de comunicación internacionales más relevantes. Pero claro, esto requiere hacer política. Es más fácil interponer un recurso.